viernes, 17 de julio de 2020

ANA MARÍA PUERTA RUBIO

11 de febrero 2011 

Aquella noche de febrero aparentaba ser como las demás en el hospital, fría y aburrida. 

Cuando llegué allí, me cambié y fui a urgencias para comenzar con mi turno de noche. No pude evitar fijarme en un hombre mayor, de poco pelo, una mano vendada y, lo que más me llamó la atención, la cara llena de cicatrices. 

Cada vez que salía a la sala de espera para avisar al siguiente paciente de mi lista, no podía dejar de mirarle esas cicatrices. 

Llegó el turno del hombre y me encargué de atenderle yo misma, ya que sólo había que cambiarle la venda de la mano. 

Mientras le quitaba las vendas, el hombre permanecía en silencio, observando mi trabajo. De repente, el hombre me dijo: 
-“Señorita, me he dado cuenta de que me está mirando desde que llegó. ¿La conozco de algo? 

-Discúlpeme señor, es sólo que me preguntaba cómo se hizo todas esas cicatrices. 

El hombre me miro y empezó a reírse, supuse que mi curiosidad le recordaría a la de una niña pequeña. 

-Quiere saber el porqué de mis cicatrices y no cómo me llamo. 

-Tiene usted razón -en ese momento me moría de vergüenza. 

-Me llamo Lázaro y ¿usted, señorita? 

-Carlota. 

Una vez que nos presentamos, el hombre por comenzó a contarme su historia. 
-De pequeño, mi madre me puso a trabajar cuidando a personas mayores, que por alguna razón necesitaban a alguien con ellos, generalmente eran ciegos. Hubo un ciego que no me quería dar de beber y, en vista de la sed que tenía, opté por robarle el vino. Primero le quitaba la copa hasta que se dio cuenta y ya no la soltaba. Luego hice una especie de pajita para no tener que coger la copa, pero también se dio cuenta, y ahora ponía las manos para taparla. Ante eso, no se me ocurrió otra cosa que coger la copa, hacerle un agujero en el culo y taparlo con cera; y claro, cuando el ciego se ponía delante del fuego, yo me ponía debajo esperando a que la cera se derritiera y así cayera el vino por el agujero y pudiera beber. 

-¡Madre mía!, usted de pequeño era un pillo. Pero continúe contándomelo. 

-El día en que el ciego se dio cuenta de eso, esperó el momento en el que me ponía debajo de él, repitiendo el procedimiento de siempre, para destrozarme la copa en la cara, rompiéndome los dientes y dejándome la cara llena de cicatrices. 

La historia de ese hombre me dejó bastante sorprendida. Después de aquello, terminé de vendarle la mano, continuamos hablando y el hombre se fue. 

Y así fue como una noche, aparentemente fría y aburrida, dio un giro inesperado.

Autora: Ana María Puerta Rubio. 1º Bachillerato. Curso 2014-2015.

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