Creía el pobre Lázaro que el pelo me tomaba. Hacía ya una semana que de su engaño yo me había percatado; creía que a mí, por ser ciego, me engañaba; yo que lo había acogido de la calle, que le había dado un lugar donde vivir, que le había sacado de la pobreza.
Tras haberlo meditado detenidamente, decidí que ya era hora de llevar acabo mi pequeña venganza. Una noche, tras haber cenado, el chico limpiaba la mesa, como hacía de costumbre; y mientras yo, en mi jarra, vertía el dulce vino rojizo que tanto deseaba Lázaro. Cuando yo bebía, notaba cómo el joven se deslizaba hasta llegar justo debajo de mi silla, y allí, como hacía otras muchas noches, bebía y bebía lo que por un hueco de mi recipiente se escapaba.
Esa noche, yo, por darle una buena enseñanza, claro está, alcé en mis manos el jarro de barro y lo deje caer hacia él con la mala suerte de que esté tenía la boca abierta de par en par y sus amarillentos dientecillos quedaron al descubierto rompiéndose al instante.
Sepa vuestra merced que yo sólo pretendía darle una buena lección por su falta de consideración.
Poco después me di cuenta de que Lázaro algo aprendió de esto, y no fue, ni más ni menos, que la venganza.
Autora: Maravillas Agudo Durán. 1º Bachillerato. Curso 2014-15
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