PADRE: Hijo, cómete toda la comida.
HIJO: No quiero más, no tengo ganas.
PADRE: Tú sabes que toda la comida que se te pone en el plato hay que comérsela.
HIJO: No quiero más.
PADRE: Hijo, te voy a contar mi experiencia. Antes, todo lo que ponían en el plato te lo tenías que comer porque no había para comer ni beber. Mi amo, el dueño de esa casa, que yo trabajaba allí, era un hombre ciego que tenía un jarro de licor y solía beber licor todos los días, y a mí no me dejaba ni probar ese licor; y yo, muerto de la envidia, un día cogí el jarro y le hice un agujerito, y probé por fin ese delicioso licor; yo, muchas veces, cogía ese jarro para beber de ese delicioso licor.
HIJO: ¿Y el ciego no se daba cuenta?
PADRE: Sí se daba cuenta.
HIJO: ¿Cómo se iba a dar cuenta si estaba ciego?
PADRE: Sí estaba ciego pero se daba cuenta que cada vez quedaba menos.
HIJO: Pero pensaría que bebía casi todos los días y se le estaba acabando.
PADRE: Sí, pero un día cogió el jarro para beber del delicioso licor y encontró el agujerito y, por mi mala suerte, me descubrió.
HIJO: ¿Y qué te pasó?
PADRE: Que se terminó el licor del jarro, y el ciego se enfadó muchísimo porque probé ese delicioso licor y cogió el jarro y me lo tiró.
HIJO: Si estaba ciego, ¿cómo te lo iba a tirar si no veía?
PADRE: Sí me lo tiró, cogió el jarro el ciego y me lo tiró a la cabeza, y el jarro se rompió en trocitos pequeños del trastazo que me metió en la cabeza con el jarro. Me rompió todos los dientes, de los que hoy en día no tengo ninguno.
HIJO: ¿Por eso tienes dos o tres dientes?
PADRE: Sí, hijo, por eso, por hacer ese agujero al jarro para probar ese delicioso licor, me rompió todos los dientes.
Autora: María José Martínez Marín. 3º E.S.O. Curso 1994-1995.
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