-Buenos días, señor agente. Vengo a denunciar una agresión.
-De acuerdo, dígame su nombre.
-Lázaro de Tormes.
-Bien. ¿Nombre y domicilio del agresor?
-Es llamado ciego. Vive en la pensión Buenavista, noveno B.
-Vale. Cuénteme lo que ha pasado.
-Pues mire, ese maldito ciego no me daba mucho ni de comer ni de beber, y yo ideé un método para poder beber vino sin que él se diera cuenta. Así lo hice. Como solía poner junto a él un jarro de vino cuando comíamos, yo rápidamente lo cogía y le daba un par de tragos y lo dejaba en su sitio. Pero aquello duró poco porque se daba cuenta de la falta, y, por reservar su vino a salvo, nunca soltaba el jarro, siempre lo tenía por el asa sujeto. Pero yo, con una paja larga de centeno, que metía en la boca del jarro, chupaba el vino y lo dejaba a buenas noches.
-Perdone, pero eso se denomina hurto.
-Deje, deje que termine, ya verá cómo eso le parece insignificante. Pero, como fuese el traidor tan astuto, pienso que se dio cuenta y desde entonces colocaba su jarro entre las piernas, y lo tapaba con la mano, y así bebía seguro. Yo, como estaba hecho al vino, moría por él, y viendo que aquel remedio de la paja ya no me valía, decidí hacer un agujero en el suelo del jarro y taparlo con cera, y, a la hora de la comida, fingiendo tener frío, me colocaba entre las piernas del ciego a calentarme en la pobrecilla lumbre que teníamos; y al calor de ella, se derretiría la cera y comenzaba el jarro a destilarme vino en la boca, la cual yo de tal manera ponía que no se perdía ni una sola gota. Cuando el ciego iba a beber, no hallaba nada: se espantaba y maldecía no sabiendo qué podía ser. “No diréis que lo bebo yo”, le decía, pues no lo soltáis de la mano.
Tantas vueltas y tientos dió al jarro, que halló la fuente y cayó en la burla. Pero lo disimuló como si no se hubiera enterado. Y al día siguiente, estando yo disfrutando mi jarro como solía, estando recibiendo aquellos dulces tragos, mi cara puesta hacia el cielo, un poco cerrados los ojos por degustar mejor el sabroso licor, sintió el desesperado ciego que era el momento de vengarse, y con toda su fuerza, alzando con dos manos aquel dulce y amargo jarro, lo dejó caer sobre mi boca, ayudándose de todo su poder, de manera que yo, que estaba descuidado y gozoso, verdaderamente me pareció que el cielo, con todo lo que en él hay, me había caído encima.
Tantas vueltas y tientos dió al jarro, que halló la fuente y cayó en la burla. Pero lo disimuló como si no se hubiera enterado. Y al día siguiente, estando yo disfrutando mi jarro como solía, estando recibiendo aquellos dulces tragos, mi cara puesta hacia el cielo, un poco cerrados los ojos por degustar mejor el sabroso licor, sintió el desesperado ciego que era el momento de vengarse, y con toda su fuerza, alzando con dos manos aquel dulce y amargo jarro, lo dejó caer sobre mi boca, ayudándose de todo su poder, de manera que yo, que estaba descuidado y gozoso, verdaderamente me pareció que el cielo, con todo lo que en él hay, me había caído encima.
Fue tal el golpecillo, que me desatinó y sacó de sentido, y el jarrazo tan grande, que los pedazos de él se me metieron por la cara, rompiéndomela por muchas partes, y me quebró los dientes, sin los cuales me he quedado.
-Vale, por lo que me ha contado, debo arrestarle.
-¿Por qué?
-Lázaro de Tormes, queda detenido por robo y estafa contra el ciego. Tiene derecho a permanecer en silencio hasta que llegue su abogado, si no puede costeárselo, se le asignará uno de oficio.
Autor: Julián Abellán Sánchez. 1º Bachillerato. Curso 2014-2015.
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