martes, 21 de julio de 2020

CRISTIAN ASTURIANO PUERTA

Tantas fueron las vueltas y tantos los toques que me dio aquel ciego anciano que finalmente halló en mí la trampa del joven Lázaro; al encontrarla, pude ver en su rostro una sonrisa, una amplia sonrisa, pero no de felicidad, no, sino más bien una sonrisa escalofriante, y tan escalofriante era que en mí mismo provocó pavor; poca idea tenía yo sobre lo que se me venía encima.. 

Estaba yo sobre las manos del ciego anciano mientras el joven Lázaro disfrutaba de los dulces jugos que goteaban de mi agujereado vientre; aquella era una sensación placentera para mí, el lento, pausado y continuo goteo me hacía sentir relajado y tranquilo; poca idea tenía yo sobre lo que se me venía encima… De repente, volvió a aparecer aquella maquiavélica sonrisa en el rostro del ciego anciano. 

Sentí cómo el ciego anciano me levantó en volandas, poca idea tenía yo sobre lo que se me venía encima… 

Entonces empecé a bajar, rápido, muy rápido, cada vez más y más rápido, hasta que sentí que me soltó; entonces empecé a bajar libre y en picado, acercándome cada vez más a la cara del joven Lázaro, el cual seguía con los ojos cerrados y la lengua fuera, señal clara del goce que le producía mi dulce jugo; finalmente su cara y mi cuerpo se encontraron causando así un estrepitoso estropicio. 

Dolor, un dolor tan punzante como exacerbado, sentía cómo mi ser se moría lenta y desesperadamente; lo último que me vista alcanzó a visualizar fue al joven Lázaro pataleando y llorando desoladamente entre los rotos y fragmentados arcillosos trozos de mi inerte cuerpo, y sus rotos dientes. Tres sustancias, sus lágrimas, su sangre, y mis dulces jugos se mezclaban en una imagen estrepitosa, y así, con esta última imagen, yo perecí.

Autor: Cristian Asturiano Puerta. 1º Bachillerato. Curso 2014-2015.

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