EL LAZARIIIIILLO DE TORMES
La tradición continúa
A pesar de su aspecto físico (consecuencia del jarrazo que le propinó el ciego), Lázaro se casó. Fruto de su matrimonio, nació Lazariiiiillo que, a su vez, tuvo un hijo, y luego un nieto, y así sucesivamente, hasta que tuvo un tataranieto, un pillastre de mucho cuidado, que había salido “entereticamente” a su tatarabuelo, el “original e inconfundible” Lázaro de Tormes. La historia del jarro se repitió exactamente igual en todas las generaciones provenientes de Lázaro. Ahora, su tataranieto, Lazariiiiillo, es el que nos cuenta la historia, ya ambientada en nuestros tiempos, el siglo XX:
“Nadie hasta entonces me había descubierto en ninguno de mis mangueos, pero aquel viejo vendedor de cupones con el que me hallaba era demasiado listo.
Tan feliz estaba yo con el método que había encontrado para jipar el JB de la botella del vendedor de cupones: a esta le había hecho yo un agujero y lo tapaba con uno de mis pendientes, de modo que podía destapar el agujero cuando me diera la gana y pegarme un trago del preciado líquido. Pues bien, el ciego descubrió al fin el agujero, pero para darme una lección, el muy cabrón se lo calló.
Una noche, estábamos sentados en la puerta de los grandes almacenes “Continente”, que era donde, entre cartones, íbamos a pasar los próximos 15 días. Veíamos cómo la basca entrada en la disco (el no poder estar con ellos me reventaba), y le dije al ciego que se espatarrara, porque me iba a meter entre sus raquíticas patas, para sentarme como acostumbraba. Esa noche era una noche, sin duda alguna, joven. Toda la gente de “mi generación” entraba y salía de las discotecas dando berríos y borrachos perdíos. Yo me moría de envidia. Por allí no se veía ni un alma de las viejas, y yo, en lugar de estar divirtiéndome y bailando como un loco, tenía que estar “de canguro”, pero en fin, con el Game Boy me divertía jugando a los marcianitos.
Una vez acomodado en el rincón del viejo, amarré la botella de JB de nuevo, destapé el agujero quitándole mi pendiente y me casqué cuatro tragos que me hicieron flipar en colores. Noté cómo aquel fuerte líquido me llegaba el estómago, quemándome el esófago. Estaba yo completamente quieto, lo único que hacía era empinar el codo, entonces comencé a oír un ruido y, sorprendido, pude ver que lo emitían las cadenas que llevaba colgadas en mi chupa de cuero, eso me dijo que el vendedor de cupones se estaba moviendo. Entonces éste agarró con toda su fuerza la botella de JB y, para vengarse de que le había robado el líquido que con tanto esmero guardaba, me la tiró a los morros, cosa que yo no esperaba porque me encontraba en la gloria dándole al JB. Tal fue el dolor que se me pusieron los labios como a un negro.
El bestial golpe aquel me dejó agilipollado completamente. Antes de que la botella se rompiera en pedazos, me dio en todos los piños (de los que ya no me queda nada) y, alucinado, pude ver cómo mis molonas botas de militar negras se tintaban de rojo. Acto seguido, los cristales me hicieron un puñao de tajos en to el cuerpo, pero lo que más me jodió fue que los cristales me estropearon los preciosos tatuajes que portaba en mi cuerpo. Por si fuera poco, el ciego, que lógicamente no veía un pijo, me destrozó la preciosa coca que me había hecho esa noche como tupé, ya que, además de cristalazos, recibí muchísimos porrazos provenientes del palo que poseía el vendedor de cupones y usaba para guiarse.
De nada me sirvió dar puñetazos con mis anillos, ni navajazos, ya que lo único que veía en esos momentos en el aire eran cristales, JB y cupones. A este viejo desgraciado le debo que, como consecuencia de mi horrible aspecto físico, esté yo, de momento, a dos velas.”
Autor: Fernando López Marín. 3º E.S.O. Curso 1996-1997.
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