Después de darle tantas vueltas a la cabeza, pensando cómo pijo podía gastarse el vino tan rápidamente, caí en la cuenta de que mi guía se lo estaba bebiendo de alguna manera que no me enteraba. ¡Hostia, pijo, qué mala pécora!
Cuando al día siguiente se sentó a mi lado, sin saber que yo sabía ya que me robaba mi vinico, comencé la venganza. Lo mandé a por unas mollicas de pan con bacalao para que le diera sed, y yo, muy atento, oí cómo cogió mi garrafica y se la empinó para beber; al mismo tiempo levanté mi garrote y, tal cual él estaba bebiendo, le pegué un remeneo que lo dejé boca arriba en el suelo y con tos los dientes quebraos, sin los cuales hasta hoy en día se quedó.
Lo miré y le dije que "cada gusto cuesta un susto".
Autora: Sandra García García- 1º Bachillerato. Curso 2014-2015.
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