Estaba yo sedienta, llevaba ya casi 24 horas sin beber ni comer nada, iba deambulando por la calle y, de repente, me caí, me rompí la mano y no tenía dónde ir a curármela.
Eran ya las siete de la tarde y empezaba a anochecer y a hacer frío, entonces vi a una anciana que estaba ciega y me dispuse a ayudarle a llegar a su destino, ya que la veía perdida. Me acerqué a ella y le pregunté:
-Señora, ¿desea que le ayude en algo?
La anciana se giró y me dijo en tono despectivo:
-No sé quién eres, pero necesito ir a mi casa, ¡llévame!
Yo, con toda mi buena voluntad, la cogí de la mano y la guie hacia su casa preguntándole a sus vecinos para llegar al destino. Cuando llegamos a su casa, le pregunté:
-¿Me puede dar algo de comer o de beber?
Y me respondió:
-¡No!
Después de esta respuesta de la anciana, la pena que me había dado antes se me fue, así que me dirigí a la cocina y cogí un trozo de pan y un poco de queso, y no encontraba nada de beber, pero vi que la anciana ciega estaba bebiendo agua en un botijo roto y se le caía agua por debajo. Entonces yo, tan ingenua, me puse debajo con el fin de beber un poco, y de repente, veo cómo el jarro se me viene sobre la cara, y me golpeó fuertemente, y se me rompieron varios dientes, caí al suelo desplomada y, en cuanto me levanté, salí corriendo de esa casa huyendo de aquella malvada anciana.
Autor: Emilio José Ibáñez Tudela. 1º Bachillerato. Curso 2014-2015.
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