sábado, 18 de julio de 2020

EMILIO JOSÉ IBÁÑEZ TUDELA

Estaba yo sedienta, llevaba ya casi 24 horas sin beber ni comer nada, iba deambulando por la calle y, de repente, me caí, me rompí la mano y no tenía dónde ir a curármela. 

Eran ya las siete de la tarde y empezaba a anochecer y a hacer frío, entonces vi a una anciana que estaba ciega y me dispuse a ayudarle a llegar a su destino, ya que la veía perdida. Me acerqué a ella y le pregunté: 
-Señora, ¿desea que le ayude en algo? 

La anciana se giró y me dijo en tono despectivo: 
-No sé quién eres, pero necesito ir a mi casa, ¡llévame! 

Yo, con toda mi buena voluntad, la cogí de la mano y la guie hacia su casa preguntándole a sus vecinos para llegar al destino. Cuando llegamos a su casa, le pregunté: 
-¿Me puede dar algo de comer o de beber? 

Y me respondió: 
-¡No! 

Después de esta respuesta de la anciana, la pena que me había dado antes se me fue, así que me dirigí a la cocina y cogí un trozo de pan y un poco de queso, y no encontraba nada de beber, pero vi que la anciana ciega estaba bebiendo agua en un botijo roto y se le caía agua por debajo. Entonces yo, tan ingenua, me puse debajo con el fin de beber un poco, y de repente, veo cómo el jarro se me viene sobre la cara, y me golpeó fuertemente, y se me rompieron varios dientes, caí al suelo desplomada y, en cuanto me levanté, salí corriendo de esa casa huyendo de aquella malvada anciana.

Autor: Emilio José Ibáñez Tudela. 1º Bachillerato. Curso 2014-2015.

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