sábado, 18 de julio de 2020

CRISTINA MARÍA GARCÍA LOZANO

No recuerdo muy bien mis inicios. Lo primero de lo que logro acordarme es de mí mismo en una pequeña tiendecilla en Tormes. Allí estuve un tiempo hasta que un día de otoño me separaron de los amigos que hice en las estanterías del comercio. Me encontré de pronto en casa de un hombre que, por alguna razón, no podía ver, lo que no impedía su astucia. Este señor necesitaba ayuda para todo, por lo que vino un señorito, el Lazarillo, para ayudarle. El pobre comía poco y menos, con lo que tenía que ingeniárselas para pillar lo que fuera (el ciego no era demasiado bueno con él, que digamos). 

A mí me usaban para el vino, aunque yo soy más de agua, pero nadie me pregunta nunca qué es lo que quiero. 

Como les decía, el pobre Lazarillo lo pasaba mal y se las apañó para beber un poco de mi vino. Al principio, directamente de mí, pero el ciego sospechó y me cogía con más fuerza. Después bebía con una paja, pero aun así, el ciego sospechaba, con lo que el Lazarillo tuvo que hacer una operación... me hizo un agujero en el fondo, ¡bien pensado, Lazarillo! 

El joven se sentaba entre las piernas del ciego para beber desde el pequeño orificio pero… cómo no, el astuto ciego se percató de nuevo de la situación. Sabía que el Lazarillo bebía de mí, así que… tomó medidas. 

Un día, cuando estaban sentados como de costumbre, el invidente me agarró bien fuerte y… ¡CATA-PLUM!, me estampó en la cara del pobre chiquillo. Yo me rompí en mil pedazos, partes de mí se incrustaron en su cara, hasta rompí sus dientes, ¡lo siento, pequeño amigo! 

Y así fue cómo se terminó mi corta vida. 

Firmado: 
El jarro, el verdadero (aunque secundario) protagonista de esta pequeña historia.

Autora: Cristina María García Lozano. 1º Bachillerato. Curso 2014-2015.

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