martes, 21 de julio de 2020

FELIPE CHACÓN ANDREU

Llega el invierno, y ya no hace tiempo para salir a la calle, porque donde más a gusto se está es en el hormiguero. Un duro verano trabajando y recolectando comida para poder vivir durante la época gélida del año. Durante este tiempo, me voy a poner las botas, ya que he conseguido recolectar una gran cantidad de vino para poder beber durante todo el invierno. Sólo con pensar en los dulces tragos de aquel manjar, se me hace la boca agua. Pero, con lo que nadie contaba, es que íbamos a tener un intruso entre nosotros. 

Había entrado en nuestro hormiguero una cigarra, la cual había estado ganduleando durante todo el verano y se había quedado sin sitio para pasar el invierno, pero nosotras, las amables y gentiles hormigas, le dimos un lugar donde hospedarse en ese tiempo. Aun así, a mí no me terminaba de convencer que aquella cigarra fuera buena del todo, pero trabajaba y ayudaba en el hormiguero como si de una hormiga más se tratara. 

Una buena tarde, me disponía a coger mi jarro de vino y empezar la temporada de invierno como Dios manda, pero no todo iba a ser de color de rosas. Me disponía a entrar al almacén para coger el jarro, cuando empecé a oír la voz de alguien, que parecía vociferar a alguien o algo. Me acerqué lentamente al lugar de dónde venían los chillidos, cuando vi a la cigarra en el suelo con mi jarra de vino. La ira se apoderó de mí. No podía creer que el esfuerzo que había hecho para recoger el vino durante tanto tiempo, esa miserable cigarra lo despreciara bebiéndoselo ella sola y sin mi consentimiento. No aguanté el enfado, y con todas mis fuerzas, cogí el jarro por las asas, y con un suave movimiento, le di un golpetazo que cayó al suelo como un trapo, al igual que algunos de sus dientes, los cuales todavía busca en ese almacén.

Autor: Felipe Chacón Andreu. 1º Bachillerato. Curso 2014-2015.

No hay comentarios:

Publicar un comentario