Salí al patio con mi habitual buen humor, diciendo:
-Buenos días, chicos y chicas. Como bien sabéis, hoy es el Día del libro y vamos a celebrarlo con una famosa novela de la literatura española.
No creía que estos niños de apenas ocho años entendieran lo que es exactamente la literatura española y las maravillas que ésta comprende. Tampoco esperaba que fuera “El Lazarillo de Tormes” la mejor de las historias para estos jóvenes e ingenuos chiquillos pero, desde luego, no era yo la que decidía los temas de las fiestas.
Aun así, los chicos gritaron:
-¡Bieeen!
Soltaron los juguetes que estaban usando y corrieron a sentarse en círculo alrededor de mí mientras yo tomaba asiento en el suelo con ellos.
-Hoy os voy a leer un trocito del libro “El Lazarillo de Tormes.”
-Y qué es un “lazardillo”, señorita. -preguntó uno de los chicos.
Exactamente eso, estos chiquillos no tenían la mínima noción necesaria de comprensión para entender aquel fragmento de habla tan compleja. Tendría que hacerlo a mi manera.
-Un lazarillo -dije corrigiendo su palabra mal pronunciada- es una persona o animal que ayuda a otra que no puede ver.
-¡Aaaah!
-Bueno, comienzo: Lázaro era un chico muy inteligente que vivía con un señor ciego, el cual no le dejaba beber… -pensé que si decía la palabra “vino”, los niños se reirían y les costaría centrarse en la historia- chocolate caliente. El ciego tenía una jarra con chocolate que guardaba fuera del alcance de Lázaro, pero a él le gustaba beber chocolate caliente a la hora de… -no podía decir “comer”, nadie come con chocolate caliente a modo de bebida- merendar.
Hacía mucho frío, así que Lázaro, que le había hecho un agujero al jarrón y lo había tapado con cera, con la excusa del mal tiempo, se sentaba entre las piernas del señor cerca de la lumbre. El tapón de cera se derretía con el fuego y Lázaro aprovechaba para beber allí. ¿Os podéis imaginar la escena? -pregunté dudosa alzando la mirada del libro que, en realidad, no estaba leyendo.
-¡Siiií!
-El ciego descubrió el engaño del pobre Lázaro y, como castigo, le pegó en toda la cara bajando con fuerza la jarra hacia el niño.
-¡¡Oooh!! -exclamaron los críos.
-Dolió mucho porque le dio muy fuerte. Tanto, tanto, que le dejó clavados los trozos del jarrón en la cara y se le rompieron los dientes.
Hubo muchos gritos de “¡aah!” o “eso sí que tiene que doler”.
-Fin -dije.
-¿¡Ya!? -exclamó una chica rubia. ¿Qué cuento es ese?
-Sí… ¿Queréis que os cuente el cuento de La Lechera?
Desde luego, unos años más tarde, esos niños no llegarían a recordar que les conté un fragmento del Lazarillo ni lo que quería explicarles con esa historia.
Autora: Clara de Moya Marín. 1º Bachillerato. Curso 2014-2015.
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