lunes, 20 de julio de 2020

CLARA DE MOYA MARÍN

Salí al patio con mi habitual buen humor, diciendo: 
-Buenos días, chicos y chicas. Como bien sabéis, hoy es el Día del libro y vamos a celebrarlo con una famosa novela de la literatura española. 


No creía que estos niños de apenas ocho años entendieran lo que es exactamente la literatura española y las maravillas que ésta comprende. Tampoco esperaba que fuera “El Lazarillo de Tormes” la mejor de las historias para estos jóvenes e ingenuos chiquillos pero, desde luego, no era yo la que decidía los temas de las fiestas. 

Aun así, los chicos gritaron: 
-¡Bieeen! 

Soltaron los juguetes que estaban usando y corrieron a sentarse en círculo alrededor de mí mientras yo tomaba asiento en el suelo con ellos. 

-Hoy os voy a leer un trocito del libro “El Lazarillo de Tormes.” 

-Y qué es un “lazardillo”, señorita. -preguntó uno de los chicos. 

Exactamente eso, estos chiquillos no tenían la mínima noción necesaria de comprensión para entender aquel fragmento de habla tan compleja. Tendría que hacerlo a mi manera. 

-Un lazarillo -dije corrigiendo su palabra mal pronunciada- es una persona o animal que ayuda a otra que no puede ver. 

-¡Aaaah! 

-Bueno, comienzo: Lázaro era un chico muy inteligente que vivía con un señor ciego, el cual no le dejaba beber… -pensé que si decía la palabra “vino”, los niños se reirían y les costaría centrarse en la historia- chocolate caliente. El ciego tenía una jarra con chocolate que guardaba fuera del alcance de Lázaro, pero a él le gustaba beber chocolate caliente a la hora de… -no podía decir “comer”, nadie come con chocolate caliente a modo de bebida- merendar. 
Hacía mucho frío, así que Lázaro, que le había hecho un agujero al jarrón y lo había tapado con cera, con la excusa del mal tiempo, se sentaba entre las piernas del señor cerca de la lumbre. El tapón de cera se derretía con el fuego y Lázaro aprovechaba para beber allí. ¿Os podéis imaginar la escena? -pregunté dudosa alzando la mirada del libro que, en realidad, no estaba leyendo. 

-¡Siiií! 

-El ciego descubrió el engaño del pobre Lázaro y, como castigo, le pegó en toda la cara bajando con fuerza la jarra hacia el niño. 

-¡¡Oooh!! -exclamaron los críos. 

-Dolió mucho porque le dio muy fuerte. Tanto, tanto, que le dejó clavados los trozos del jarrón en la cara y se le rompieron los dientes. 

Hubo muchos gritos de “¡aah!” o “eso sí que tiene que doler”. 

-Fin -dije. 

-¿¡Ya!? -exclamó una chica rubia. ¿Qué cuento es ese? 

-Sí… ¿Queréis que os cuente el cuento de La Lechera? 

Desde luego, unos años más tarde, esos niños no llegarían a recordar que les conté un fragmento del Lazarillo ni lo que quería explicarles con esa historia.

Autora: Clara de Moya Marín. 1º Bachillerato. Curso 2014-2015.

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