Querido diario:
Hoy he ido al dentista. Han tenido que reconstruirme varios dientes después de aquel desafortunado incidente de hace dos días. No recuerdo habértelo contado, así que allá voy.
Salí con mis amigos a dar un paseo. Nos aburrimos y decidimos sentarnos en un parque. Allí, en un banco, se encontraba un hombre que parecía ser ciego. El hombre bebía de un jarro algo que debía ser muy sabroso ya que lo saboreaba una y otra vez. Nos entró curiosidad de saber qué sería ese líquido y decidí acercarme al hombre sin que se diera cuenta y colocarme entre sus piernas. Pedí a mis amigos que me avisaran si veían que se daba cuenta y ellos asintieron. El hombre no parecía percatarse de que yo estaba allí, así que seguí con mi plan e hice un agujero en el jarro y comencé a beber. Como pensaba, era un líquido delicioso que yo no había probado nunca antes. Creo que era vino. Cerré los ojos un instante y, cuando los abrí, sólo pude ver a mis amigos corriendo antes de que algo durísimo se esclafase en mi cara. En efecto, el ciego se había dado cuenta de mi trampa. Me faltaron piernas para salir corriendo. Me dio tal porrazo con el jarro que, cada vez que me acuerdo, me duele. Y a mis padres les duele aún más porque siguen pagando la reconstrucción de mis dientes. He prometido no volver a hacerlo.
Buenas noches.
Lázaro.
Autora: Ágatha Abril Rocamora. 2º Bachillerato. Curso 2012-2013.
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