jueves, 25 de junio de 2020

JOSÉ RAMÓN GARCÍA BOSQUE

EL TABLACHO DESCAPITADOR 

En estos periodos de sequía, bien se disputa el agua de riego, y más si se trata de mitigar un poco la sed de las huertas andaluzas. 

En mi posesión tenía una de estas huertas, junto a otra de mayores dimensiones. Las dos disfrutaban conjuntamente del agua que les proporcionaba la misma acequia, por la cual el usufructuario vecino y yo teníamos grandes disputas, que hasta lograron llevarnos ante los jueces. 

Finalmente, se solucionó el problema de una manera muy poco justa a mi parecer, pues la proporción entre horas de agua y terreno a regar, le favorecía mayormente a mi enemigo. Claro está que no iba a quedarme de brazos cruzados viendo cómo rezumaba la acequia hacia la huerta del susodicho, y en cuanto la sazón me lo permitía, levantaba el tablacho de forma que el agua también fluyera hacia mis pertenencias, y luego la volvía a bajar para que el delito no se revelara. Cuando al día siguiente llegaba el vecino, la intriga le preguntaba la causa de la humedad de mi tierra y la sequedad de la suya, hasta que un día la encontró tras un descuido mío. De primeras se hizo el ignorante, más luego vio la forma de vengarse. Atrancó el tablacho y se escondió tras unas matas que había junto a él, de tan buena fortuna para éste que consiguió que me metiera en la acequia para desatrancarlo, y, cuando me tuvo bajo él, lo dejó caer a modo de guillotina, provocándome profundos cortes en brazos y cabeza, de los cuales manaba tal cantidad de sangre que el reguero más parecía de vino que de agua. 

Mal recuerdo tengo hoy de esta maldita hazaña pues más remiendos tienen mis brazos y cabeza que el calcetín de un vagabundo.

Autor: José Ramón García Bosque. 2º Bachillerato. Curso 1995-1996.

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