lunes, 8 de junio de 2020

SILVIA MARTÍNEZ MUÑOZ

Sediento volvía yo de mi honrado trabajo, día y noche mendigando esperando la limosna de algún buen samaritano que al pasar se apiadara de mí y una humilde muestra de solidaridad mostrara por mi persona.

Anduve por las calles, con gran desesperación, por descansar mis pies polvorientos y saciar aquella sed que corrompía mi boca. Al llegar al cochambroso hogar, sentado frente a la lumbre, se hallaba el viejo ciego, con un mendrugo de pan y aquel dichoso jarro de vino.

Como no me dejaba besar el jarro, mientras degustaba un sabroso trozo de queso de cabra, que tanto limosna me costó pedir para comprarlo, le di vueltas a la cabeza y buscando la solución, entre mis escasos y sucios trapajos, encontré una caña que recogí semanas antes de la basura de una pastelería de un barrio cercano a mi hogar. La introduje dentro del jarro para saborear la bebida hecha por los Dioses, que me quitaba el frío del cuerpo, pero aquel zorro ciego lo notó.

Y desde entonces no se separó del jarro como si se tratara de un pequeño recién nacido, cubriéndole la cabeza. No encontraba yo solución alguna para burlar al maldito ciego, hasta que me vi en la necesidad de encontrarla.

Abrí un orificio por el culo del jarro y, diciendo que tenía frío, me acurrucaba entre sus peludas piernas, en las que había que penetrar como si se caminara por la selva virgen. El pequeño chicle que encontré pegado a la fina y pelada suela de mis zapatos sirvió de tapón fácil de quitar. Así besaba el culito del niño que con tanto cariño cuidaba el viejo, contento por haberlo burlado y contento por aquel dulce vino, pisado por los ángeles, que me quitaba las penas.

Días después vine yo de mi mendigación rutinaria, echando venablos por la boca, porque fue un mal día y no cayó ni una mísera limosna.

Menos mal que me consolaba dándole las buenas noches al jarro, pero lo que yo no sabía era que el ciego diole muchas vueltas al pelo hasta que encontró mi burla y el muy astuto disimuló preparando la venganza.

Inocente de mí, que me dispuse a chupar del biberón, cuando alzó los brazos despegando mis labios del jarro y lo lanzó a mi cara con todas sus fuerzas.

Y el pequeño golpe que me proporcionó me dio horas de sueño y puntos en la cara, cosiéndola por todos sitios como si se tratara de un mantel a cuadros. Y mis dientes que le sirvieron de piñata, le tocaron de premio, porque no los he vuelto a ver desde aquel desgraciado momento. Aquella fue la desgracia que deformó mi precioso físico, fue el fin de mi vida amorosa, pero no de mi carrera profesional, pues cada vez que me veían en la iglesia, más limosna me daban, como si fuera obligación.

Autora: Silvia Martínez Muñoz. 2º Bachillerato. Curso1995-1996.

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