miércoles, 24 de junio de 2020

RAMÓN CARO GARCÍA

Eran las tres de la tarde y hacía un calor de mil demonios. La habitación parecía una caldera y sólo me mantenía consciente el frescor que desprendía aquel angelical jarro de vino situado entre la sudorosas manos del ciego. Tenía tan seca la garganta que, cuando bebí por aquel diminuto agujero ese fresco licor, parecí subir al cielo y besar las esponjosas nubes que flotaban a mi alrededor. Tal eran mi satisfacción que, no pensando que el ciego se había dado cuenta de mi engaño o burla, relamía aquel sabor reconfortante de mi nueva boca. 

En ese momento, de gloria para mí, el ciego consumó su venganza y levantando aquel jarro, tesoro hasta ahora, me lo dejó caer en la boca como una roca de acero que me hizo ver los pájaros dianeros cantando unas pardicas. 

Fue tal el jarrazo que mi cara era un rompecabezas y los dientes me bailaban esquivando los trocillos de jarro residentes en mi ya casi inexistente boca.

Autor: Ramón Caro García. 2º Bachillerato. Curso 1995-1996.

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