Estando yo una noche
en aquella vieja y helada posada,
con mi querido ciego
y siendo tanto el frío que hacía
que hasta las latas crujían,
decidí meterme
entre sus dos gordas piernas,
que enebros a mí me parecían;
eran negras, apestosas,
y sus pelos, como las hojas
de los ya mencionados;
y en mi cara dolían.
Pero en aquel matorral
que eran sus piernas torcidas,
yo a gusto me sentía
porque miraba para adelante
y el calor de la hoguera me escocía;
y miraba para arriba
y el chorrico me caía.
Tantas vueltas y tientos
le dio el ciego al jarro,
sospechando que se estaba vaciando,
que encontró mi amado encanto:
“La goterica del jarro”.
Llegada la medianoche,
cuando la luna brillaba
y el sol ya no nos miraba;
y, sin haberme dicho nada el ciego
de su anterior hallazgo;
y estando yo chupando
del orificio del jarro;
lo levantó el ciego para arriba
y, dejándolo caer en mi cara,
fue tan grande el porrazo,
que hasta los dientes decían:
“¡De ti nos vamos, encanto!”.
Después de este porrazo,
me curó el ciego con vino
las brechas que me hizo el jarro.
Mientras el ciego me curaba,
yo le decía: ¡Ay, ciego, ciego,
quién tuviera tus ojos y tu olfato!,
que no hay nadie que te engañé,
ni yo, ni el vino, ni el jarro…
Autor: Esteban Moreno Martínez. 2º Bachillerato. Curso 1995-1996.
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