sábado, 20 de junio de 2020

ESTEBAN MORENO MARTÍNEZ

Estando yo una noche 

en aquella vieja y helada posada, 
con mi querido ciego 
y siendo tanto el frío que hacía 
que hasta las latas crujían, 
decidí meterme 
entre sus dos gordas piernas, 
que enebros a mí me parecían; 
eran negras, apestosas, 
y sus pelos, como las hojas 
de los ya mencionados; 
y en mi cara dolían. 

Pero en aquel matorral 
que eran sus piernas torcidas, 
yo a gusto me sentía 
porque miraba para adelante 
y el calor de la hoguera me escocía; 
y miraba para arriba 
y el chorrico me caía. 

Tantas vueltas y tientos 
le dio el ciego al jarro, 
sospechando que se estaba vaciando, 
que encontró mi amado encanto: 
“La goterica del jarro”. 

Llegada la medianoche, 
cuando la luna brillaba 
y el sol ya no nos miraba; 
y, sin haberme dicho nada el ciego 
de su anterior hallazgo; 
y estando yo chupando 
del orificio del jarro; 
lo levantó el ciego para arriba 
y, dejándolo caer en mi cara, 
fue tan grande el porrazo, 
que hasta los dientes decían: 
“¡De ti nos vamos, encanto!”. 

Después de este porrazo, 
me curó el ciego con vino 
las brechas que me hizo el jarro. 
Mientras el ciego me curaba, 
yo le decía: ¡Ay, ciego, ciego, 
quién tuviera tus ojos y tu olfato!, 
que no hay nadie que te engañé, 
ni yo, ni el vino, ni el jarro…

Autor: Esteban Moreno Martínez. 2º Bachillerato. Curso 1995-1996.

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