POEMA DE LÁZARO DE TORMES A SU MADRE
Como bien tú sabes,
vivo con un señor
privado del don de ver.
Pues bien, te voy a narrar
lo que el otro día nos aconteció,
mas sólo te pido
que me intentes comprender.
Estando sentados delante del fuego,
yo entre sus piernas, como solía hacer,
noté como el suave y dulce vino
empezaba a deslizarse y susurrábame al oído:
-“¡Bebed, bebed, y bebed!”
Tanto insistió el dulce licor
que me lo bebí todo
y claro está, mi astuto compañero,
y claro está, mi astuto compañero,
lo notó.
Tomó el usado jarro
y mil vueltas y le dio;
y, al parecer, la fuente
que calmaba mi sed halló,
más así él lo disimuló.
Al siguiente día,
senteme yo como solía,
pues no me podía imaginar
lo que de hecho me iba a pasar.
Cuando abrí mi pobre tonel
para que los tragos de su dulce licor
entraran y se almacenaran en él,
mis ojos entrecerrados estaban,
ni siquiera sé por qué,
supongo que sería
para saborear mejor la dulce miel.
Pero entonces el Dios de la avaricia
tomó su usado jarro
y, elevándolo a lo alto,
con toda su malicia,
rompiólo en mi faz.
Yo, que gozoso y despistado estaba,
mas no sabía lo que iba a pasar.
Hizoseme mi cara trizas
y tan sólo yo pensaba
que el cielo y sus estrellas
en mi faz se estampaban.
Fue tan el golpe que me dio
y tan sólo hoy se puede ver
cuando abro mi boca,
un amargo vacío
del mismo sabor que la hiel.
Lázaro
Autora: María Encarna Jiménez López. 2º Bachillerato. Curso 1995-1996.
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