EL POBRE LAZARILLO POBRE
Cobijado entre aquellas paredes mugrientas, agrietadas y humedecidas, sentía ya el hambre de varios días.
Disputando con las hormigas las mollejas que aquel viejo verde dejaba por perdidas, pensaba en mi madre, creía que esto terminaría; pero no, ella me había dado en adopción a aquel ciego bribón, y yo le servía con gran devoción. Tal fue ésta que al poco me convertí en astuto y sagaz porque mi hambre y mi sed tenía que saciar.
La comida la conseguía como podía y el vino que mi amo bebía me enloquecía, mas él no me dejaba probar ni gota, así que tendría que inventar algo para ponerme las botas.
Pensé en cómo engañarle (tarea no muy fácil) para poder beber el vino sin que se enterase.
Primero intenté beber con una fina pajilla por encima de la jarrilla, pero el viejo sospechaba de mi trampilla, mas se enteró de mi hazaña, viejo mugriento, debería estar muerto, y apretando la jarra contra su pecho tapó el agujero.
Aunque de algo me tenía que servir ser un buen aprendiz: haría un orificio debajo de la jarra. Lo taparía con un perdigón, los tenía a montón, mas si no funcionaba, sacaría cera de mis orejas, no había otra manera.
Me decanté por la segunda opción, vaya que si tragó, y cuando el viejo estaba junto al fuego, yo me metí entre sus patas, peludas y escuálidas, para llevar a cabo la trama.
El calor derritió la cera y el preciado líquido bañó mi boca entera, mi garganta seca.
El perro cruel, cuando fue a beber, no halló gota alguna, yo exclamé que no podía ser, era imposible beber.
Cuando me aparté a una esquina, buscando algo de paja para dormir con ganas, el viejo gorrón manoseó la jarra y encontró el agujero que me daba "agua", mas se lo tenía muy callado el viejo zorro: quería estampármelo en los morros.
Cuando volví a degustar el vino, soltó una carcajada el viejo maldito, y, dejando caer la jarra con furia, la rompió en mi cara, ya no me enteré de nada.
Fue tal la caricia que los pedazos, como cuchillos afilados, cortaron y se incrustaron en mi cara, y, riéndose, me escupió en la cara:
-¡Soy ciego pero no tonto! -respondió el viejo avaricioso.
Cuando aparté el gargajo de mi ojo (aunque no me explico cómo acertó el asqueroso) vi entre el charco de sangre mis dientes, todos rotos, aunque espero que algún día, me salgan otros...
Moraleja: No codiciarás los bienes ajenos.
Autor: Sergio Ruiz Fernández. 2º Bachillerato. Curso 1995-1996.
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