jueves, 18 de junio de 2020

MARÍA LUISA TORRECILLA VILAS

Como solía hacer todos los días, pedí a mi viejo y astuto amo que me calentase entre sus viejas y arrugadas piernas, viendo yo, con gran entusiasmo y alegría, que entre sus grandes manos estaba aquel objeto prohibido para mí, el jarro hecho de barro rebosando de aquel licor también prohibido, aquel licor que ya en muchas ocasiones antes había saboreado y, con gran desgracia mía, diose cuenta mi amo de la falta de dicho licor en todas estas ocasiones. 

Junto con aquel calor que desprendía la fogarata, derritióse aquella maravillosa masa viscosa, la cual tapaba el orificio que con tanto trabajo me costó hacer con el fin de poder seguir saboreando aquel delicioso licor. 

Una vez todo derretido, comenzó a salir un chorrito pequeño de aquello tan delicioso; como una fuentecilla de la cual sale un hilito de agua; dicho licor guardaba entre sus ya viejas manos como si fuese su más preciado tesoro. 

Estando yo saboreando con la cabeza inclinada hacia atrás, y ojos semiabiertos, aquel delicioso manjar, sentí un gran golpe seco, y a la vez húmedo, notando cómo el vino resbalaba por mi rostro. Cuando vine a darme cuenta, mi amo había roto el jarro de vino en mi cara con todas sus fuerzas, que, a pesar de ser viejo, las poseía. Y allí quedé yo con la cara desfigurada por los cortes y sin algunos de mis dientes, ya que aquel golpecillo me dejó sin algunos de ellos. 

Y es que mi astuto amo, habiéndole dado miles de vueltas al jarro tanteándolo, diose cuenta del orificio, y el muy astuto se mantuvo en silencio, esperando para más tarde poder darme con él y así vengarse.

Autora: María Luisa Torrecilla Vilas. 2º Bachillerato. Curso 1995-1996.

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