LA DECLARACIÓN
Una mañana nublada y con mucho frío, el ciego decidió acudir a comisaría par declarar lo ocurrido en días anteriores, y al encontrarse sentado delante de un policía, éste le empezó a hablar.
POLICÍA: Buenos días, buen hombre. ¿Qué desea usted?
CIEGO: Buenos días, señor, vengo a hacer una declaración que no me deja dormir tranquilo desde que ocurrió.
POLICÍA: Cuando usted quiera puede empezar a contarme claramente lo ocurrido con todo detalle. Yo le escucharé atentamente. (Cogió una libreta para apuntar todo lo que el ciego le iba a contar).
CIEGO: Una noche, estaba en casa con Lázaro, con una jarra de vino que le había mandado traer aquel día al igual que todos los demás días. Algo notaba raro en aquella jarra y, tras darme cuenta de que se bebía el vino a escondidas, empecé a darle tantas vueltas y tientos al jarro que hallé la fuente por donde desprendía el vino a escondidas.
Yo, muy enfadado aunque intentando disimular, le preparé una venganza
Al día siguiente, Lázaro, sin pensar en el daño que le podía estar preparando, rezumó mi jarro como todos los días, y se sentó encima de mí como solía. Cuando él estaba recibiendo aquellos dulces tragos, con la cara puesta hacia el cielo, sentí que ahora tenía tiempo de tomar de mí venganza.
El ciego hizo una pequeña pausa durante unos minutos, con una expresión de rabia en la cara, ya que Lázaro había intentado engañarle, y de arrepentimiento a la misma vez, ya que no estaba tranquilo por lo que hizo aquel día. Cogió el vaso de agua de encima de la mesa y le dio un trago mientras respiraba hondo.
POLICÍA: ¿Está bien, señor? Si usted lo prefiere, puede descansar un poco y continuar en otro momento.
CIEGO: No, prefiero terminar de contar todo y poder quitarme este peso de encima que me amarga cada día.
Como le iba contando, al darme cuenta de que era mi momento de vengarme de él, con toda mi fuerza, alzando con dos manos aquel dulce y amargo jarro, lo dejé caer sobre su boca, ayudándome, como digo, con todo mi poder. De manera que Lázaro, que de nada de esto se guardaba, sino que, como otras veces, estaba descuidado y gozoso, lo dejé sin sentido con los pedazos del jarro incrustados en la cara y quebrándole los dientes.
Como le iba contando, al darme cuenta de que era mi momento de vengarme de él, con toda mi fuerza, alzando con dos manos aquel dulce y amargo jarro, lo dejé caer sobre su boca, ayudándome, como digo, con todo mi poder. De manera que Lázaro, que de nada de esto se guardaba, sino que, como otras veces, estaba descuidado y gozoso, lo dejé sin sentido con los pedazos del jarro incrustados en la cara y quebrándole los dientes.
POLICÍA: Continúe, por favor.
CIEGO: Desde el momento en que hice esto, Lázaro me quiere mal, y aunque lo cuido y lo regalo, y le curé lo que le hice, él no asienta su corazón ni me perdona el jarrazo.
POLICÍA: ¿Ha finalizado su declaración?
CIEGO: Sí, esto es todo.
POLICÍA: De acuerdo. Como usted bien sabe, no ha hecho lo correcto ante esta situación ya que la violencia es el último recurso que se debe utilizar. Con las anotaciones que he podido tomar ante su declaración, desde este momento le pongo a usted una orden de alejamiento de Lázaro. Si usted no cumple este castigo, será castigado con una sanción más grave.
CIEGO: Estoy de acuerdo y espero respetarla lo mejor posible. Muchas gracias.
El ciego salió de comisaría desahogado, tranquilo, pero a la misma vez se encontró desolado, porque no iba a tener la compañía de Lázaro. Su vida continuó, pero solo, sin nadie con quien poder conversar en días como éstos.
POLICÍA: ¿Ha finalizado su declaración?
CIEGO: Sí, esto es todo.
POLICÍA: De acuerdo. Como usted bien sabe, no ha hecho lo correcto ante esta situación ya que la violencia es el último recurso que se debe utilizar. Con las anotaciones que he podido tomar ante su declaración, desde este momento le pongo a usted una orden de alejamiento de Lázaro. Si usted no cumple este castigo, será castigado con una sanción más grave.
CIEGO: Estoy de acuerdo y espero respetarla lo mejor posible. Muchas gracias.
El ciego salió de comisaría desahogado, tranquilo, pero a la misma vez se encontró desolado, porque no iba a tener la compañía de Lázaro. Su vida continuó, pero solo, sin nadie con quien poder conversar en días como éstos.
Autora: María Hernández Tudela. 1º Bachillerato. Curso 2013-2014.
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