Un día, hace aproximadamente tres o cuatro meses, iba yo con mi padre por la calle y se nos ocurrió entrar a una tienda de antigüedades. En ella, había muchos objetos antiguos pero hubo uno que me llamó la atención porque era muy bonito. Era un jarro que se usaba, normalmente, para echar vino. Nada más verlo, le dije a mi padre: "¡Mira qué bonito, papá". Y de repente su cara cambió de aspecto.Yo imaginaba que era porque a él también le gustaba igual que a mí, pero, tan curiosa, se me ocurrió preguntarle lo que despertaba en él el jarro. Su respuesta fue: "Vamos a tomar algo y te lo cuento". Cuando llegamos a la cafetería, mi padre se pidió una cerveza y yo un refresco y, entre sorbo y sorbo, comenzó a contarme dicha historia:
Al ver ese jarro en la tienda, la primera imagen que se me ha venido a la cabeza ha sido la de un amigo que forma parte de mi pasado, Juan Carlos, ya que éramos compañeros de clase en la universidad, pero poco a poco perdimos el contacto.
Juan Carlos me contó una vez que su abuelo era ciego y que se portaba muy bien con él aunque, cuando se enfadaba, las consecuencias no eran del todo agradables y, para demostrarlo, me contó una historia que le había ocurrido con él.
Decía que, cuando era niño, a su abuelo le gustaba mucho el vino y que siempre tenía un jarro lleno pero, como era ciego y a él también le gustaba, se lo bebía sin que se diera cuenta. Pero el abuelo sospechó de él porque el vino duraba muy poco, y descubrió que Juan Carlos se lo bebía; pero éste no era nada tonto y se inventó otra ocurrencia para poder disfrutar de aquella bebida tan gozosa. La ocurrencia fue ponerse entre sus piernas mientras el abuelo bebía vino del jarro y hacerle un agujero por debajo para poder beber a la vez; pero el abuelo, que tampoco tenía un pelo de tonto, lo descubrió. Al día siguiente, cuando Juan Carlos se situaba otra vez entre sus piernas y estaba en el mismísimo Cielo disfrutando de la bebida y resguardado del frío, el abuelo dejó caer el jarro sobre su boca con toda la fuerza que pudo. El jarrazo le rompió la cara por muchas partes porque se le metieron los pedazos y se le rompieron la mayor parte de los dientes, que por cierto, cuando íbamos a la universidad, aún le faltaban algunos.
Cuando mi padre terminó de contarme la historia, yo ya me había bebido mi refresco, pero su cerveza estaba igual que al principio, con la diferencia de que ya no estaba tan fría porque no había parado de hablar.
Después de todo, pude comprender por qué mi padre puso esa cara cuando le mostré el jarro. A mí me gusta mucho escuchar las historias de mi padre, pero aquella me llamó especialmente la atención.
Autora: Marina Sánchez García. 1º Bachillerato. Curso 2014-2015.
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