jueves, 18 de junio de 2020

JOSÉ ANTONIO MARTÍNEZ MARTÍNEZ

Sepa Vuestra Merced que esta historia que de inmediato le voy a contar sucedió por desgracia para mí en la realidad. 


La verdad es que de la fecha no me acuerdo muy bien, pero eso, a Vuestra Merced, ni le viene ni le va. 

Todos los días, a la hora de comer, gustaba yo de beber un delicioso vino que, con mucha ansia, reservaba el ciego para él. 

Como el ciego notaba que le faltaba vino en el jarro, hícele una ranura por la cual metía las blancas que le sisaba; así yo podría gozar de los placeres del vino sin que el jarro perdiese peso, al mismo tiempo que guardaba mis ahorros bien merecidos por mí, y nunca dignos según pensaba el avaro ciego. 

Por cada blanca que le metía al jarro, gustaba de tres dulces tragos, siempre compensando el peso. 

Estando ya en las últimas el vino del jarro, metiósele una blanca en la boca al ciego, pero él no dijo nada y me hizo creer que no sabía nada de mi engaño. Todo pasó como si nada hubiese acaecido, incluso yo llegué a olvidar en mi mente que sólo pensaba en blancas y vino. 

Pero otro día, teniendo yo rezumando mi jarró con gran alegría, no pensando en lo que en unos instantes se me vendría encima, cabeza mirando hacia las estrellas que asomaban por el hueco de la chimenea, ojos entornados para gozar más con el vino y soñar con la maravilla de volver a beber otra vez, sintió el ciego que ahora podría darse venganza y recuperar las blancas que yo le había sisado. 

Alzó en las manos el jarro y, con toda su fuerza, lo dejó caer sobre mi cabeza. Yo, que por desgracia me había dado cuenta de la intención del ciego, aparté la cabeza con tan mala fortuna que el ciego, que no tenía puntería alguna, vino a darme en la cara. 

Las gentes que pasaban por la calle escucharon el gran golpe y entraron rápidamente a la casa para saber lo ocurrido, pero yo, abatido, y el ciego con su mirada perdida en ningún lado, dimos la opción a los visitantes para que se llevaran, sin ser reconocidos, todas las blancas. Así, al despertar yo, me encontré más pobre que al principio y sin el deleite de volver a catar el delicioso vino. 

Sepa Vuestra Merced que el golpe fue tan grande que me dejó la cara totalmente destrozada, e incluso me dejó sin dientes, sin los cuales hoy día vivo. 

Antes de mi relato terminar, un par de consejas le voy a dar: 

Si guardas tus merecimientos para recogerlos en uno, 
fácil será que te quedes sin ninguno. 

Muchas penas has de pasar 
si como oficio tienes el de robar.

Autor: José Antonio Martínez Martínez. 2º Bachillerato. Curso 1995-1996.

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