EL JARRÓN DEL VINO
Por aquel entonces yo, Lázaro de Tormes, escritor, clérigo y máximo representante de la Inquisición, fui mandado a un monasterio acompañado de un muchacho iniciado en el celibato para investigar una serie de asesinatos y sucesos en el susodicho y empobrecido monasterio. Al llegar allí, nos dirigieron en presencia del Abad, el cual, sin tan siquiera saludarnos, nos dijo:
-Sé por qué estáis aquí, y en esta época oscura doy gracias a Dios porque me la hizo ver más negra.
Él estaba en un sillón vuelto de espaldas y le pregunté el porqué, enseguida contestó:
-Por no dejarme ver la sangre que mancha este santo lugar, al que ha abandonado la gracia de nuestro Señor.
Al darse la vuelta, contemplé que una decrépita ceguera asolaba su mirada. No pasaron muchos días antes de la siguiente muerte. Los cuatro muertos anteriores tenían algo en común con éste, todos desprendían un fuerte olor a alcohol. Mi mancebo un día me llevó a una especie de laberinto que había descubierto a través de un pasadizo disimulado por una estantería de libros viejos, todos referentes a los pecados mundanos, entre los que destacaba el alcoholismo. Después de veinte minutos de fatigada caminata, encontramos un jarroncito con aspecto de abandono, lleno de polvo y dedos señalados en él, se observaba esportillado y alrededor, en el suelo, muchas manchas oscuras como si se hubiera caído y derramado su contenido, que desprendía una fuerte fragancia que advertí ser la misma de los cadáveres. Lo sostuve entre mis manos y sentí una extraña tentación pero, cuando lo inclinaba para darle unos besos callados, observé unas letras escritas en la arcilla de éste. Decían así: “Beba y será lo último”. Lo tomé y nos marchamos. En los siguientes días, aprecié que allí no se servía vino pero que el Abad desprendía de la boca del estómago la misma olor de aquella uva fermentada. Volví al lugar del crimen y comencé a acariciar la vasija hasta encontrar un pequeño agujero en la parte baja de éste. Con cuidado, aparté la cera que lo cubría y comencé a beber, no podía dejar de hacerlo, ni siquiera cuando oí que alguien venía. Entonces me recosté en el suelo y seguí bebiendo. Era el Abad ciego que fue a coger el jarrón pero no estaba, se dio cuenta de que era yo, no sé por qué, pero sé que me detectó por el sonido del vino calando mi garganta. Se volvió y, agarrando el jarrón, me lo estampó en la cara.
Ahora él yace en la tierra reducido a cenizas al ser juzgado y condenado a la hoguera por la Inquisición. Todos creen que los motivos que dio son propios de un loco, ya que se defendió diciendo que el licor había pasado de generación en generación, y que ya sus antepasados ponían veneno en ambos pitos del jarrón. Por eso ni él ni yo morimos al beber tentados por el embriagador aroma que nos cegaba. Yo sé que no era un loco ya que yo seguí bebiendo con mi cara marcada.
Esto lo escribo no en mi sano juicio, ya que lo perdí al acabarse el elixir de mi vida, y ahora perezco en este sanatorio con unos loqueros que pronto publicarán mis memorias.
Autora: Encarna Serrano Pastor. 2º Bachillerato. Curso 1995-1996.
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