Yo lo miré fijamente,
sospeché que tenía
algo en mente,
aunque también
le noté algo raro,
pero seguía palpando
con su larga mano.
Yo me disponía
a beber como siempre,
y como tenía en mente,
mientras que la cera
se derretía rápidamente
gracias a que el ciego
se puso cerca del fuego
y aquel licor caía
como una bendición del Cielo.
Yo me coloqué
entre sus piernas
y, mirando al Santísimo,
me encontraba agustísimo.
Aquellas gotas eran
auténticamente gloriosas
pero nunca sospeché
de que el ciego hiciera
una cosa tan odiosa.
Cogió el malvado
y levantó el botijo
y, sin tener compasión
de una especie de hijo,
me lo estampó
en mi alegre cara.
Aquella hazaña había sido
una mala jugada.
Noté que el cielo se caía
y, con él, el paraíso le seguía.
Me destrozó la cara y los dientes
con toda su venganza ardiente.
Me destrozó el rostro
y se creía como un monstruo.
Me dejó el rostro sangriento
por unas gotas de vino maloliento.
Autor: Juan Aznar Fernández. 2º Bachillerato. Curso 1995-1996
No hay comentarios:
Publicar un comentario