miércoles, 17 de junio de 2020

JUAN AZNAR FERNÁNDEZ

Yo lo miré fijamente, 
sospeché que tenía 
algo en mente,
aunque también 
le noté algo raro,
pero seguía palpando 
con su larga mano.

Yo me disponía
beber como siempre, 
y como tenía en mente, 
mientras que la cera 
se derretía rápidamente
gracias a que el ciego 
se puso cerca del fuego 
y aquel licor caía 
como una bendición del Cielo.

Yo me coloqué 
entre sus piernas 
y, mirando al Santísimo, 
me encontraba agustísimo.
Aquellas gotas eran
auténticamente gloriosas
pero nunca sospeché
de que el ciego hiciera
una cosa tan odiosa.

Cogió el malvado 
y levantó el botijo
y, sin tener compasión 
de una especie de hijo,
me lo estampó
en mi alegre cara.
Aquella hazaña había sido 
una mala jugada.

Noté que el cielo se caía 
y, con él, el paraíso le seguía.
Me destrozó la cara y los dientes 
con toda su venganza ardiente.
Me destrozó el rostro 
y se creía como un monstruo.
Me dejó el rostro sangriento 
por unas gotas de vino maloliento.

Autor: Juan Aznar Fernández. 2º Bachillerato. Curso 1995-1996

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