¡Querido amigo!
¡Cuánto tiempo sin verte! Espero que estés bien, yo estoy regular. Desde que mi madre me dejó, vivo muy mal con este ciego que no me deja vivir. Ahora estoy algo enfermo, tengo depresiones, anemia, etc. y todo esto por culpa del ciego imbécil.
¡Si supieras lo que lo que me da de comer! Creo yo que ni los negros más pobres de África se alimentarían menos que yo.
Tengo muchas ganas de verte para contarnos cosas y poder darnos el placer de comernos un banquetazo. Hablando de contarnos cosas, ¿sabes lo que me pasó con el ciego el otro día? Pues, como él no me deja comer ni beber vino, pues se me ocurrió algo, con una pajita ir bebiendo hasta que él no se diera cuenta, (porque, aunque sea ciego no es nada tonto) pero un día se dio cuenta y tuve que inventar algo nuevo; y se me ocurrió hacer un agujero al jarro y el agujero lo pegué con un poquito de cera y, cuando nos poníamos al lado del fuego, la cera se derretía y el vino caía en mi boca.
Con ese fresco de sentir el vino fresquísimo sobre mi boca, en el momento más tranquilo de mi vida, el maldito ciego me tiró el recio jarro de porcelana o barro china/o.
Yo, en ese momento, no sentí nada pues quedéme inconsciente en el suelo, con mis dientes por el suelo esturreados.
Cuando desperté y vi que no tenía dientes, y que me tendría que poner dentadura como mi abuelo, me estuve cagando en el ciego y en toda su familia junta.
Ya que no tengo dirección para que me escribas, yo te escribiré en cuanto tenga dos medias blancas.
Buen amigo mío, hasta pronto, y recuerdos para todos.
Firmado: Lázaro de Tormes
P.D. Esta carta la tendré guardada para cuando te conozca y, si me muero antes y alguien se la encuentra, que piense que él es mi amigo de toda la vida.
Autora: Sonia Lapaz Robles. 2º Bachillerato. Curso 1995-1996.
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