domingo, 7 de junio de 2020

MARÍA ISABEL MARTÍNEZ MARTÍNEZ

-Señoría, mi defendido asegura haber cometido este robo por circunstancias personales.

-Atracar un banco no puede ser por circunstancias personales, señoría, -dice el abogado del banco.

-Suba al estrado el acusado -dice el juez.

Lázaro sube al estrado, ve al abogado del banco mirarle muy seriamente, el juez lo observa, su abogado lo mira y asiente.

-¿Qué causas tenía usted para robar en un banco, Lázaro?

-(Tragando saliva). Nací en un molino junto al río Tormes, soy hijo de un molinero ladrón y de una mujer que, una vez viuda, no tardó en unirse a un negro, que resultó ser igual que su primer marido. Cuando cumplí doce años de edad, mi madre, por cuestiones económicas, me puso al servicio de un invidente. Yo, como criado y compañero, debía guiar los pasos del ciego, y ser la luz de sus ojos, pero el ciego, contra todas mis esperanzas, resultó ser un perfecto avaro.

-¡Protesto, señoría!, -dice el abogado del dueño del banco- no hemos venido aquí para escuchar la historia de su vida, sino para hablar del atraco al banco de mi defendido.

-Lázaro, sea más directo -dice el juez.

Yo asiento, intento pensar rápido y resumir todo lo que quería decir.
-El caso es que yo, creyendo que engañaba al ciego, le hice un agujero a su jarro de vino para así ponerme debajo y beberme su vino sin que el ciego se diera cuenta, pero el ciego fue más listo que yo y, en una ocasión, dejó caer sobre mi boca, ayudándose con todo su poder, de manera que de verdad me pareció que el cielo, con todo lo que hay en él, me había caído encima. Fue tal el golpecillo, que me dejó sin sentido y el jarrazo tan grande que los pedazos del jarro se me metieron por la cara, rompiéndomela por muchas partes, y me quebró los dientes, sin los cuales hasta hoy en día me quedé.
Yo sólo necesitaba un poco de dinero, pues el dentista no es gratis y necesito recuperar mis dientes.

-¿Me estás diciendo que atracaste un banco para pagarte una dentadura nueva? -dijo el juez.

-Dicho así, parece una barbaridad, pero si me hubiera parado un momento a pensar y hubiera estado más tranquilo, juro por mi madre que yo no habría hecho eso.

-Protesto, señoría! No estamos aquí para juzgar lo que él quería hacer, sino lo que hizo. -Dijo el abogado del banco

-En un acto de locura y desesperación, -dije yo-, sin  pensar, me metí al banco sin saber lo que hacía. De todas formas, señoría, mi acción no produjo muertes, ni daños, ni destrozos, sólo risas de la gente que estaba allí. Pido disculpas por lo que hice. Me arrepiento de verdad.

Así, el juez dejó ir a Lázaro, teniendo que pagar éste sólo una pequeña multa. Ahora Lázaro tenía que trabajar duro para pagar esta multa y su dentadura nueva.

Autora: María Isabel Martínez Martínez. 1º Bachillerato. Curso 2013-2014.

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