domingo, 7 de junio de 2020

ANTONIO MARTÍNEZ-RÍOS OLIVARES

Hace frío, se oye la furia del viento chocando con las ramas de los árboles, una gran verja oxidada que se movía como si hubiese cobrado vida, chirriaba sin cesar por el fuerte viento. En el cielo, una gran nube gris se alza encima de las tumbas amenazando, con las primeras gotas de lluvia, que se avecinaba una gran tormenta. Alrededor de una tumba hay reunido un pequeño grupo de personas, unas lloran desconsoladas mientras que otras se mantenían firmes mostrando un gesto serio en su rostro.

Enfrente de la tumba se sitúa un cura de mediana edad, tiene el pelo entrecano y los ojo azules, su piel arrugada y descuidada hace que aparente diez años más. Cuando cesan las lágrimas de los allí presentes, comienza a hablar en un discurso que todos habían oído más veces, pero que les gustaría no volver a oír. Cuando cesa de hablar el cura, se retira, y se pone en su lugar un hombre también de mediana edad aunque un poco más joven, con una barba descuidada y ojos marrones. Suena una campana que tiene guardada en el bolsillo este hombre, se para, mira seriamente a los presentes, y  comienza a hablar:

-Hola, me llamo Lázaro. Puede que muchos de los presentes no hayan oído hablar de mí, y que nunca me hayan visto hablar de mí, y que  nunca me hayan visto hablar con este gran viejo al que hoy rendimos homenaje. Pero bien sé cómo fue este anciano el que me hizo el hombre que soy hoy en día. Recuerdo un día en el que intenté engañar al ciego haciéndole un agujero en su jarra de vino para poder beber. Inocente de mí, el sabio anciano, con gran astucia, descubrió el agujero y, como castigo, me propinó tal golpe que se me quitaron las ganas de volvérsela a jugar.

Esto me enseñó:
Tantas vueltas y tientos dio al jarro, que halló la fuente y cayó en la burla; mas así lo disimuló como si no lo hubiera sentido.

Y luego otro día, teniendo yo rezumando mi jarro como solía, no pensando el daño que me estaba aparejado ni que el mal ciego me sentía, sentéme como solía; estando recibiendo aquellos dulces tragos, mi cara puesta hacia el cielo, un poco cerrados los ojos por mejor gustar el sabroso licor, sintió el desesperado ciego que agora tenía tiempo de tomar de mí venganza, y con toda su fuerza, alzando con dos manos aquel dulce y amargo jarro, le dejó caer sobre mi boca, ayudándose, como digo, con todo su poder, de manera que el pobre Lázaro, que de nada de esto se guardaba, antes, como otras veces, estaba descuidado y gozoso, verdaderamente me pareció que el cielo, con todo lo que en él hay, me había caído encima.
Fue tal el golpecillo, que me desatinó y sacó de sentido, y el jarrazo tan grande, que los pedazos de él se me metieron por la cara, rompiéndomela por muchas partes, y me quebró los dientes, sin los cuales hasta hoy día me quedé.
Gracias a esto mi vida cambió y, a día de hoy, soy lo mejor que podía haber sido gracias a él.

Cuando acabó el discurso con una lágrima en la mejilla, se fue sin mediar palabra.


Autor: Antonio Martínez-Ríos Olivares. 1º Bachillerato. Curso 2013-2014.

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