Siendo Lázaro ya anciano, pensó en meterse en una Residencia de Ancianos para poder hablar con alguien, ya que, siendo anciano, casi nadie escuchaba sus historias.
Un día, Lázaro empezó a contarle sus historias a un compañero de la Residencia.
-Mira, Jacinto, yo, cuando era joven con 20 o 30 años, era muy guapo y, según decían las chicas, estaba muy bueno, pero yo no he tenido novia por una única razón, no tengo dientes y, cuando sonreía, todas las chicas salían corriendo.
-¿Y qué le pasó a tu dentadura?
-Pues resulta que, cuando yo era un niño, mi madre mandó que me fuera con un ciego. Yo me pensaba que el ciego era una buena persona, hasta que lo conocí con profundidad. Un día, cuando el ciego se sentó a comer, vi que tenía una jarra de vino al lado, probé un poco con una pajita y me encantó. Cuando el ciego cogió la jarra para beber un poco, se dio cuenta de que había menos vino, y tapó la jarra con la mano. Más tarde, cogí la jarra y le hice un agujero por debajo. La siguiente vez que el ciego se puso a comer, vi que se puso la jarra entre las piernas, así que, con la excusa de que tenía frío, me puse entre sus piernas y bebía por el agujero que le había hecho. Vi que el ciego estaba extrañado porque él no sabía cómo cada vez quedaba menos vino en la jarra. La siguiente vez que el ciego se puso a comer, yo hice el mismo ritual que la última vez pero vi que el ciego se había dado cuenta posteriormente de mi idea cuando cogió la jarra y me la estampó en la cara rompiéndome los dientes y clavándome los cristales en la cara.
-Pues, ¡vaya cabrón el ciego! -dijo Jacinto.
-¡Qué se le va a hacer! Bueno, me voy que me toca tomarme las pastillas.
Autor: David Hervás Martínez. 1º Bachillerato. Curso 2013-2014.
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