EL CIEGO NO VE
Era de noche y yo, Lázaro, iba caminando con mi chupa y mi walman escuchando esos guitarrazos y esa voz tan melódica, parecía que me comía el mundo.
De repente me tropecé con un viejo que estaba sentado en una esquina no muy limpia, es decir, que estaba más sucia que la casa guarras que, por cierto, no estaba muy lejos. Bueno, a lo que íbamos, yo me caí y pensé quién será el colgao que ha puesto el pie, ¡será gilipollas!
De repente saltó una voz vieja que decía:
-¡Me cauen! ¿Es que no puedo disfrutar de este manjar tranquilo? ¡A ver! ¿Quién me ha dao una patá? ¡Mira que me cago en 10! ¿Es que aquí no hay quien vea bien? ¡Mira que, si es otro ciego como yo, la hemos liao porque con uno ya hay bastante!
Yo me levanté, lo miré y le dije:
-¡Tú, ciego! ¿Tú crees que tienes derecho a hablarlame así?
-¡Mira, si es un niño pijo!
-¿Yo niño pijo? ¡Niño pijo tu padre! ¡Como diga otra vez que soy niño pijo...?
-Bueno, ¡pijo de mierda! ¡Ya tengo bastante por hoy! ¡Veste que no quiero oírte más! ¡Veste con tu mamá!
-¡Conque esas tenemos! ¡Me has llamado pijo y encima, que es lo más importante, me has roto mi walman! ¡Ahora ya no tengo marcha y todo por tu culpa!
-A mí me da igual que se te haya roto el walman, la culpa fue tuya. Tú fuiste quien me diste una patada, yo no te la di, y además tu mamá te comprará otro más caro. ¡Vaya con los pijos! ¡Me revientan, todos con güenos Mercedes y yo aquí con una mierda de perro que sólo sabe mearse!
Yo me puse serio y enfadado, ¡joder con el viejo! ¡me había salido borde! Yo, harto hasta los mismísimos, cogí su gran manjar, que sólo era vino, y le dije:
-¡Viejo, ciego feo y tonto, o me arregla el walman o a su mujer no la ve más, una de dos!
-¡Mira, pijo, que no eres más que un pijo, deja mi manjar quieto! ¡Tú no puedes hacer nada con él! Porque, al ser pijo, no lo puedes romper porque tendrías que hacer un esfuerzo y tú no estás por la labor, ¿a que no, ricachón?, y tampoco te lo podrás beber porque tú no bebes cosas de mala calidad. Y si, por si acaso haces algo a mi botellín, ¡madre, madre!, ¡pobre de ti porque saldrías de palos...!
Así pues le di una patada a la garruja que, cuando cayó, estaba hecha mil añicos y, como sabía que el colgao me iba a dar con el garrote, nada más tirar la botella, le pegué un empujón al ciego y salí corriendo.
Autor: Eladio Palomares González. 2º Bachillerato. Curso 1995-1996.
No hay comentarios:
Publicar un comentario