Sesenta años más tarde de aquel trágico día en que el ciego pilló a Lázaro quitándole el vino, estaba Lázaro con sus nietos, delante de la chimenea, hablando de sus vidas.
Lázaro les preguntó a sus nietos sobre los estudios. Ellos le contaron que habían sacado buenas notas, que ahora tenían amigos nuevos...
Más tarde, al ver los nietos las cicatrices que tenía su abuelo Lázaro en la cara y la cantidad de dientes que le faltaban, no pudieron aguantar más y le preguntaron:
-Abuelo, ¿por qué tienes tantas marcas de heridas en la cara y tan pocos dientes?
Lázaro respondió:
-Es una historia muy larga, por la que he sufrido mucho.
Los chicos insistieron:
-¿Qué te pasó? ¿Nos lo puedes contar?
A lo que Lázaro afirmó:
-Por supuesto. Cuando yo era joven, estuve trabajando para un ciego. Durante ese tiempo pasé mucha hambre y sed, por lo que aprovechaba cada oportunidad que se me presentaba. Un día, mientras comía con el ciego, se me ocurrió cogerle la garrafa de vino cuando él se despistaba. Al parecer, se dio cuenta ya que notó que cada vez había menos vino, y agarró la garrafa para que yo no pudiera beber de ella. Entonces yo le hice un agujero por la base para poder saborear el vino que contenía. Ante esta situación, el astuto ciego también se dio cuenta, y en una de las veces en la que me iba a agachar para beber el vino que goteaba por el agujero, me dio un tremendo golpe con la jarra que me hizo heridas por toda la cara y me rompió la mayoría de los dientes. Este acontecimiento tan doloroso es uno de los muchos que me han ocurrido a lo largo de mi vida.
Los nietos quedaron alucinados y, al unísono, dijeron:
-Otra vez nos has vuelto a sorprender con tus historias, abuelo.
Autor: Juan Pedro Marín Pérez. 1º Bachillerato. Curso 2013-14.
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