martes, 2 de junio de 2020

MARIO LÓPEZ RUIZ

Tantas vueltas y tientos dio al jarro, que halló la fuente y cayó en la burla; mas así lo disimuló como si no lo hubiera sentido. Pero más listo y astuto fue Lázaro ya que encontró al ciego muy interesado en el jarro, algo que le hizo sospechar.

Preguntándose, entonces, cómo podría recomponer ese orificio que él mismo había creado, para conseguir que el ciego se creyese, además, loco, ideó una farsa con la que él se salvase de toda culpa.

Así fue cómo resolvió entrar en el mesón al que su amo acudía con frecuencia, y de ahí hurtar otro jarro de iguales dimensiones al que había agujereado, pero de mayor valor, ya que era conocida por todos la historia de cómo un infante le regaló al mesonero ese jarro bañado en oro, en agradecimiento a la valía mostrada en un incidente contra los moros. En el lugar del jarro sisado, colocó una de las pertenencias del ciego.

Una vez hecho el cambio de jarro, Lázaro le propuso a su amo tomar un trago de vino cerca del mesón. El ciego cogió el jarro sin percatarse y lo levantó. El lazarillo, muy avispado, se dispuso en su posición habitual para robarle el vino. En el momento en que su amo estaba dispuesto a tirárselo en la cara al pobre Lázaro, para que ésta se rompiera, se abalanzó, sin previo aviso, el mesonero. Tal fue la fuerza empleada, que ambos cayeron junto con el jarro, que se hizo pedazos. Toda persona que por allí pasaba, los increpaba para así conseguir que la pelea se prolongase, ya que un espectáculo así era muy apreciado por aquellos espectadores.

Mientras ambos se acusaban el uno al otro de ladrones, el verdadero ladronzuelo consiguió escapar, no sin antes coger el fardel de lienzo del ciego y alguna moneda del mesonero que, con tanta suerte para Lázaro, fue a caer en su lado.

Cuando llegó al puente, decidió mirar atrás, y allí seguía la revuelta incansable que él había ocasionado.

Autor: Mario López Ruiz. 2º de Bachillerato. Curso 2013-2014.

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