domingo, 7 de junio de 2020

IVÁN MARTÍNEZ CASTRO

COMISARÍA DE POLICÍA

El comisario recibe una llamada:

-Comisario Rodrigo Díaz, dígame.

-Soy Lázaro de Tormes. Llamo con la intención de denunciar a un viejo ciego por el maltrato al que me somete, siendo yo menor de edad y tan indefenso como un ternero en una matanza.

-De acuerdo, Lázaro, cuénteme los hechos detalladamente.

-Si tuviera yo que contarle las fechorías a las que este hombre me somete, harían falta todas las horas del reloj, elevadas al cuadrado. Por esto, le contaré una de ellas, para mí la más terrible, ya que me produjo un dolor que jamás antes había experimentado:
Llevaba tiempo el ciego privándome de uno de mis mayores deseos materiales de este mundo, el vino que ahuyentaba mi sed. Lo llevaba en un jarro del que sólo él bebía y eran escasas las veces que me permitía probar aquel vino, por tanto tuve, con mi escasa astucia, que buscar la forma de poder quitarle algo de vino sin que tomara cuenta de ello. Lo conseguí por un tiempo, el cual fue para mí como si un ángel del Cielo hubiera bajado a calmar mi sed.
Pero llegó un día en el que, a mi pesar, el ciego se percató de que faltaba vino, y descubrió mi artimaña, pero disimuló su descubrimiento y yo seguí a mis anchas, hasta que, en el momento en que me encontraba bajo el jarro, el malvado ciego lo soltó sobre mí con tal fuerza que éste golpeó mi cara dejándola deformada, totalmente abstracta cual cuadro de Picasso; mis dientes salieron de su sitio, por lo que ahora carezco de ellos, y caí desplomado al frío suelo con medio jarro clavado en mi cara.

-Lázaro, esa historia es terrible, si nos concede los datos del susodicho, lo someteremos a juicio y prometo que pagará por sus maldades.

Autor: Iván Martínez Castro. 1º de Bachillerato.Curso 2013-2014.

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