viernes, 19 de junio de 2020

JOSÉ LUIS JORQUERA GARCÍA

MUSCA - MUSCAE 


La soledad… donde quiera que vamos, nos acompaña a todas nosotras, la vida nos enseña a ser malas y pesadas con otros seres. Las asesinas de las arañas, la galantes libélulas, los nocturnos mosquitos… ¡todos! llevan una vida mejor que las gordetas, pesadas y comilonas moscas; pero, si a alguien no soportamos, es a las pijillas de las abejas…, todas ellas y sus cómplices “gigantes sin pelo” que, desde que les dieron un trabajo estable, andan por la calle con aires de chulería y el aguijón afilado. 

Estos gigantes sin pelo, racistas y egoístas, a pesar de ser nuestra peor pesadilla, significan también, el centro de atención de las moscas hambrientas (y de -Transfusiones de sangre. Corporación mosquitera, S.L.) que utilizamos todos los residuos, basuras, comidas e incluso excrementos que ellos producen para su alimentación o despojo. 

Todos los días son aburridos para una mosca, te pasas horas sin comer, pero… algunas moscas, como yo, tienen la suerte de encontrar días en los que comes mejor que en el convite de la Primera Comunión: 

Sucedió aquella noche, volaba por los sitios más pobres de cada pueblo buscando alguna migaja de pan y refugiándome del frío en las ropas calientes de los vagabundos expuestos al fuego de leña que encendían. 
Es muy arriesgado ser mosca, cualquier movimiento espontáneo de estos gigantes puede llevarte a la muerte, pero… así es la vida y, como decía mi madre: ¡“No hay mejor honor que morir en manos de un humano”!
Bueno… sigo, resulta que por estos lugares andaba un ciego acompañado por su lazarillo que, sentados frente al fuego, dormían. El ciego, entre sus brazos y piernas, tenía un jarrón lleno de vino, supongo, porque este niño tenía la boca pringada de este delicioso manjar, debía ser… porque había estado bebiendo antes. 
¡Aaaaaa!, ¡mmmm!, ¡ffff!, mis antenitas hicieron “tilín-tilín”, desplegué mis alas y me dirigí a la boca del jarrón y a cruzarla entre los dedos de este ciego. Y… ¡plaf!, chocó en las paredes del jarrón al darme cuenta de que el niño se levantaba silenciosamente, y entre mí pensaba… ¿se habrá dado cuenta?, o… ¿es que me habrá leído la memoria? 
¡Pero… esto es un niño o es una mosca! -decía- porque el muy listillo tenía en el jarrón un agujerillo tapado con cera que se derretía con el fuego y así bebía el delicioso vino. 
Le echaba todo tipo de maldiciones, juramentos e insultos a aquel desgraciado niño y me fui, me fui como ¡siempre! sola… y hambrienta, pero ¡después! oí un estruendo que me dejó tirada en el suelo y volé rápidamente al lugar de los hechos, y es que el bueno del ciego le había tirado el jarrón a la cara al enterarse de lo que hacía, pero… es que después, el ciego mojó de vino la cara de Lazarillo para curar sus arañazos.
Y… no lo pensé más, volé y relamí todo el vino, ¡mmm!, y daba gracias al bueno de ciego. 
*Texto publicado en el mil novecientos y tantos por esta mosca fundadora ONCE (ayuda a los ciegos).

Autor: José Luis Jorquera García. 2º Bachillerato. Curso 1995-1996.

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