viernes, 5 de junio de 2020

JULIÁN ABELLÁN SÁNCHEZ

Querido padre: 
Sé perfectamente que falleciste hace mucho, pero a alguien le tenía que dirigir estas memorias, así que te las dirijo a ti.

Hace un tiempo comprendí que, o despertaba de mi sueño que, como joven tenía; o moría de hambre y de sed, pues aquel viejo ciego veía y se percataba de las cosas mejor que yo, ya que descubría todas mis tretas y embustes. Y ahora te cuento lo que me ha ido pasando.

Como te he contado en páginas anteriores, por aquel entonces estaba con un viejo muy tacaño y ciego. Una vez, muriéndome de sed, pensé en varias artimañas para robarle el vino. Al principio, me contentaba con coger la jarra cuando éste estaba despistado y le pegaba buenos tragos, pero el maldito ciego se percató y tuve que buscar otra forma. Otra vez usé una paja de trigo para quitarle el vino de la jarra, que su mano estrangulaba con fuerza pero, como la vez anterior, se percató y tuve que cambiar de artimaña. Teniendo éste el jarro tapado por la boca, pensé que, si no podía echarle el guante por arriba, se lo echaría por debajo; y así lo hice. Le hice un agujero en el culo del jarro y le puse una tortilla de cera para que el vino no se saliese, y así bebía. Mas el ciego se percató de que faltaba de esa sustancia que nos hacía entrar en calor, se puso a investigar y...
Tantas vueltas y tientos dio al jarro, que halló la fuente y cayó en la burla; mas así lo disimuló como si no lo hubiera sentido.Y luego otro día, teniendo yo rezumando mi jarro como solía, no pensando el daño que me estaba aparejado ni que el mal ciego me sentía, sentéme como solía; estando recibiendo aquellos dulces tragos, mi cara puesta hacia el cielo, un poco cerrados los ojos por mejor gustar el sabroso licor, sintió el desesperado ciego que agora tenía tiempo de tomar de mí venganza, y con toda su fuerza, alzando con dos manos aquel dulce y amargo jarro, le dejó caer sobre mi boca, ayudándose, como digo, con todo su poder, de manera que el pobre Lázaro, que de nada de esto se guardaba, antes, como otras veces, estaba descuidado y gozoso, verdaderamente me pareció que el cielo, con todo lo que en él hay, me había caído encima.Fue tal el golpecillo, que me desatinó y sacó de sentido, y el jarrazo tan grande, que los pedazos de él se me metieron por la cara, rompiéndomela por muchas partes, y me quebró los dientes, sin los cuales hasta hoy día me quedé.
Lázaro se levantó de su estudio y, tras percatarse de que sus hijos dormían plácidamente y de que su mujer se había ido a casa del Arcipreste de San Salvador, salió a la calle y se encendió un cigarro mientras pensaba en su padre y en esas malditas memorias que ocupaban la mayor parte de su tiempo. Terminó de fumar, entró y se acostó. "Mañana será otro día" -pensó- y se durmió enseguida.

Julián Abellán Sánchez. 1º Bachillerato. Curso 2013-2014. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario