Otro día más, Lázaro y su amo, el ciego, andaban por una calle no muy conocida en aquel pueblo, para ver si sacaban algo de dinero.
Por casualidad, a Lázaro le llamó mucho la atención aquella calle, y más una pequeña casa que había al final. Lázaro y el ciego entraron a una taberna cercana para tomar algo. Lázaro, como sabía que nada de lo que comprara el ciego iba a comer, decidió escaparse por un momento para ver qué había o quién podía vivir en aquella casa tan misteriosa.
Lázaro llamó a la puerta varias veces, abrió la puerta una anciana que tenía un aspecto un poco extraño. Lázaro se asombró al verla puesto que nunca había visto a una mujer tan rara como aquella.
La anciana le dijo al muchacho si quería pasar. Lázaro, de lo asustado y nervioso que estaba, no pudo abrir la boca, y sintió que una pequeña fuerza lo empujaba a entrar en la casa. Nada más entrar, la anciana se quedó mirando fijamente a Lázaro y le dijo:
-Lázaro, despierta tu ingenio y astucia, que pronto va a ocurrir un hecho que va a marcar tu vida.
Lázaro le preguntó que quién le había dicho su nombre y por qué ella sabía lo que le iba a pasar. Ella le contestó que era adivina y, nada más mirar a una persona a los ojos, sabía en qué situación estaba, y qué le podía pasar.
Lázaro, un poco asustado por la forma en que la bruja le hablaba, se despidió rápidamente y se fue. A pesar de esto, Lázaro no se lo tomó en serio.
Cuando llegó a la taberna donde estaba el ciego, bebió un poco de agua y se marcharon.
A los dos días siguientes, una noche, estaban el ciego y Lázaro sentados al lado del fuego. El ciego tenía el jarro de vino entre las rodillas y Lázaro, por debajo del jarro, estaba bebiendo por un pequeño agujero que él hizo y que tapó con cera para que, con el calor, se derritiera y así poder beber. Pero el ciego, a pesar de no ver, se dio cuenta y con rabia cogió el jarro, lo levantó, y se lo tiró a Lázaro en la cara, aprovechándose de la postura y felicidad de Lázaro en aquel momento.
Este golpe le dejó al pobre Lázaro toda la cara destrozada, y el susto que llevó fue muchísimo mayor que cuando vio a aquella bruja.
De pronto se acordó de las palabras que aquella bruja le dijo, y vio que era cierto.
Autora: Yolanda Sánchez de Gea. 2º Bachillerato. Curso 1995-1996.
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