Estando yo en las fiestas de mi pueblo, los Caballos del Vino de Caravaca de la Cruz, me llamó la atención un señor mayor con un jarro de vino. Es cierto que todos los caravaqueños, en la mañana del 2 de mayo, llevamos vino, pero no en un jarro sino en botellas o en las conocidas botas de vino.
A ese señor mayor lo acompañaba un joven muchacho, imagino que sería su nieto pero no puedo asegurarlo con certeza. Ambos personajes me llamaron tanto la atención que decidí acercarme un poco más. El hombre mayor, por la forma de moverse y de palpar las cosas, podría atreverme a decir que tenía una dificultad en la vista, pero aun así protegía bien su jarro para que el joven no le robase gota de vino; aunque el joven, que de tonto no tenía ni un pelo, se las ingenió para poder probar ese delicioso líquido púrpura -bendecido por la Patrona de mi pueblo, la Santísima y Vera Cruz de Caravaca- con una pajita de 50 cm. aproximadamente, que supongo que compraría en el "todo a cien" la mañana de antes.
El señor mayor, al descubrir que no coincidían los tragos que daba con la cantidad de vino que quedaba en el jarro, comenzó a sospechar. Mientras todo esto ocurría, los caballos corrían la apasionante carrera del 2 de mayo pero, a pesar de esto que nos pone los pelos de punta a todos los caravaqueños, me seguían llamando la atención esos dos personajes con esos atuendos extraños que parecían de siglos atrás.
Tras prestar atención a la carrera del caballo de mi peña, volví a mirar a los dos individuos y, por lo que pude ver hasta ese mismo momento, el anciano se había dado cuenta de que, efectivamente, el muchacho lo estaba engañando y le robaba el vino. En ese momento todo se paró, todo iba de prisa pero lento y entonces ocurrió, el anciano levantó el jarro sobre su cabeza y lo dejó caer sobre la cara del pobre muchacho. Menos mal que la asistencia sanitaria no tardó en acudir al lugar.
Tras este suceso, el anciano, orgulloso del castigo que le había dado al pobre muchacho, se quedó paralizado en mitad de la cuesta sin percatarse de que la carrera de un caballo había comenzado y fue ahí donde nadie puedo hacer nada y el caballo se abalanzó sobre él.
Nadie sabe de dónde vinieron ambos forasteros, ni cómo acabaron, sólo sé que captaron la atención de todos los caravaqueños.
Ana María Azorín. 2º Bachillerato. Curso 2012-13.
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