miércoles, 20 de mayo de 2020

ANA FERNÁNDEZ

Tantas y tantas vueltas dio el astuto ciego al jarro que a mí me mantenía, que halló la burla que me alegraba la vida, y entendió entonces dónde iba el vino y cómo desaparecía, pero, tal fue su inteligencia, que decidió no decir nada, para poder luego vengarse.

Días después, pensó el ciego que ya era hora de realizar su venganza, y, estando yo entre sus piernas como acostumbraba hacer, no teniendo la más mínima idea de lo que mi cruel dueño pensaba hacer conmigo y bebiendo aquel celeste líquido con la cara hacia arriba y los ojos cerrados, como si soñando estuviera, el mísero ciego lanzó despiadadamente sobre mi desgraciado rostro el hasta entonces objeto de mi felicidad, dándome un golpe tan duro como un día sin pan. Yo que nada de esto sospechaba, maldije el jarro y el vino, no habiendo imaginado nunca la mala suerte que ello me iba a traer.

El golpe me quitó el sentido, sin el cual estuve un tiempo, y viendo al despertar que los trozos del jarro estaban hincados en mi pobre faz, y que ya no poseía dientes, que el jarro me los había robado, con lo cual, además de lo difícil que era conseguir alimentos, ya no podría comer trozos de pan duro pues no tendría con qué morderlos.

Autora: Ana Fernández. 2º B.U.P. Curso 1988-89

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