DESDE UN PEQUEÑO PUNTO DE VISTA
Estando yo solito en mi rincón, acicalándome como todas las tardes, vislumbré por la puerta de mi magnífica casita a ese ciego del que tanto provecho saco, dándole vueltas y palpando esa cosa que contiene ese líquido rojo, a la cual ese niño escuálido y avispado le había hecho un agujero.
Como yo bien sabía, el niño aprovechaba ese pequeño agujero para beber y calmar su sed sin que se diese cuenta el tacaño ciego. Pero, como yo soy muy listo, también me he percatado de la expresión del niño cuando esas magníficas gotas pasan de estar suspendidas en el aire a deslizarse por su sedienta garganta. Por este motivo, hoy lo he decidido, ¡Yo también quiero probar ese magnífico néctar! Y... aquí estoy yo, poniéndome mi mejor traje, mi mejor corbata, poniendo en línea recta y paralela mi preciosa colita y como últimamente está de moda, el pelo de pincho... ¡para que luego digan que no tengo "sexapil"!
Pues bien, después de todo el trabajo empleado esta tarde, aquí estoy o, esperando al ciego y al niño. Oigo, ilusionado, los pasos lejanos del niño y del ciego, ¡soy una bala!, me deslizo rápido hasta la pata de la silla que el ciego usa. Éste se sienta como todas las noches en la silla y ese niño, que de cerca es aún más feo y raquítico de lo que yo había imaginado anteriormente, se sienta entre sus piernas.
Tan obsesionado está por beber que no se da cuenta de mi presencia. ¡Toma ya!
Con el calor de la lumbre, la cera que cubre el pequeñísimo agujerito se derrite y esas espléndidas gotas comienzan a ser engullidas por esta especie de cuervo con boca.
Me posiciono aún más cerca y es entonces cuando veo mi oportunidad, una pequeñísima porción del líquido ha ido a parar al borde de la barbilla del niño. ¡Soy invisible! Subo hasta el huesudo hombro del niño y con mi suavecísima y preciosa lengua (nada que ver con la de este horrible niño) rozo imperceptiblemente esa puntiaguda barbilla.
¡Cielo, he subido al cielo, al paraíso, al limbo, soy una nube sin restricciones, libre...!
¡Infierno, estoy en el infierno, me duelen todos los huesos del cuerpo, por dolerme me duele hasta el alma! El maldito ciego ha dejado caer el jarro con tanta fuerza que hasta el horripilante niño se me ha quedado pegado al culo.
¡Toda mi magnífica belleza perdida! Menuda tarde la mía... a partir de ahora me llamarán Ratolaza ¡ains!
Autora: Noemí Sánchez Martínez. 2º Bachillerato. Curso 2011-12
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