domingo, 24 de mayo de 2020

JUAN PEDRO MARTÍNEZ GARCÍA

VIAJE AL PASADO

Anoche tuve un terrible sueño, más bien una pesadilla: Una noche oscura, lluviosa, y con niebla, desaparecía de mi cama y viajaba por un túnel a través del tiempo a una gran velocidad. Pasaba el año 1994...1980...1900...1700...1600... no podía frenar, mi corazón se aceleraba y la aguja del reloj que había a mi lado rotaba con gran rapidez señalando varios años. De pronto, se detuvo en 1550, hubo un gran estruendo y me quedé parado. El sudor brotaba de mi cuerpo, tenía fiebre, lo sentía, y a la vez mucho, muchísimo frío. Poco a poco recobré la vista y pude ver una habitación oscura, tenebrosa, donde sólo un pequeño fuego alumbraba y calentaba a la vez el cuarto. Distinguí, con bastante dificultad, a un niño en un rincón sentado en el suelo y a un viejo ciego al lado de la chimenea con un jarro de antaño entre sus manos.

Yo, que al fin pude recuperar totalmente el sentido, como alma que lleva el diablo me introduje en el cuerpo del chiquillo. No podía salir, a pesar de que lo intenté, y poco a poco me di cuenta que sus sentimientos eran los míos. Sabía que él tenía miedo porque temblaba, sin duda era porque el ciego estaba palpando minuciosamente el jarro, donde él había hecho un pequeño agujerillo por el que calmaba su sed con vino. El ciego localizó el agujero pero lo disimuló muy bien y así hizo creer al niño que no lo había notado. Yo intenté decírselo, comunicárselo, que huyera de allí porque corría muchísimo peligro, pero él hizo todo lo contrario ya que se tranquilizó y eso me hacía desesperar.

Pasaron varios días y el pobre chaval iba a cometer el peor y el mayor error de su vida. Pensando que el anciano no sabía nada de su burla, se sentó a sus pies, como de costumbre, para beber aquel rico vino. Yo intentaba moverlo, llevármelo de aquel lugar porque sabía con certeza que el ciego lo iba a ¡matar!, a darle un gran escarmiento. Estaba desesperado en mi interior con vanos esfuerzos para que se fuera, pero por desgracia no podía.

Él estaba disfrutando del licor, mientras que yo sufría y sufría, me sentía impotente ante lo que iba a ocurrir, me quedaban pocos minutos, pocos instantes antes de que algo paupérrimo pasara. El ciego alzó con sus manos el jarro. Me iba a dar, me iba a hacer daño, su cara me horrorizaba, pero el tranquilo chaval tenía los ojos cerrados y no podía verlo, mejor, quizá así fuera mejor. El jarro se acercaba a mi rostro, estaba muy cerca, era inevitable y como tal ocurrió, el ciego estampó el recipiente en mi cara. Yo sangraba, me dolía, no podía hacer nada, sus pedazos se clavaron como agujas en varias partes de mi faz. Escocía ya que las heridas se abrían cada vez más y yo gritaba, pero no servía de nada. El niño sufría, yo moría, mi agonía era desesperante hasta que al fin mi corazón dio su último y fenecí. En un instante salí de su cuerpo.

Entonces volví de nuevo al túnel. Entre neblina pude ver cómo el niño crecía y se hacía mayor. Las cicatrices fueron desapareciendo, todas menos una; ante mi sorpresa, se quedó sin dientes; en el jarrazo los había perdido todos y, a sus 48 años, aún no le habían crecido.

A la mañana siguiente aparecí en mi cama empapado en sudor y con un diente menos. ¿Fue sueño o realidad? Eso nunca lo sabré.

Autor: Juan Pedro Martínez García. 2º Bachiller. Curso 1995-1996.

OBSERVACIÓN: De manera excepcional, he seleccionado dos versiones de este mismo alumno, que hizo voluntariamente, por la originalidad de ambas. La otra lleva el título de "JEROGLÍFICO".

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