lunes, 18 de mayo de 2020

MARI CRUZ FERNÁNDEZ GARCÍA

Después de darle mil vueltas
a la fuente de mi sed,
se dio cuenta de mi engaño
pero no lo dio a entender.

Un amanecer de enero, 
con el frío entre los huesos,
dando cobijo al viajero,
hallé un lugar frente al fuego.

El enajeno del vino,
que de su jarro manaba,
me producía un agujero
que mi mente trastornaba,
olvidando mi pasado
con aquel viejo embustero.

Sólo miraba hacia el cielo
recreando los luceros
con los ojos entornados
por gustar aquel gotero
que encendía el buche olvidado.

Aquel anciano mundano,
sintiéndome en sus refajos,
levantó aquel cruel guijarro
y a mi cara lo lanzó
estando yo descuidado.

Así conocí la luna,
y aún más cerca las estrellas
que, como lluvia de piedra,
cayeron en mi cabeza.

Sin anestesia siquiera,
el golpe me adormiló
y hasta los ojos sufrieron
del jarrazo que me dio.

Y sin dejar hueso sano,
en aquel cuerpo faltó
hasta el diente más pequeño
que, del susto, se perdió,
y nunca jamás el pícaro
a mi boca regresó.

Mari Cruz Fernández García. 2º Bachillerato. Curso ¿1991-92?

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