Estaban todos los pacientes ya en la consulta del dentista, entre ellos Lazarillo, temeroso y asustado puesto que los que allí entraban a ver al doctor salían con más dolor del que ya tenían de por sí en su dentadura.
-Doctor. Señor Lazarillo de Tormes, puede pasar usted a consulta.
-Lázaro. Huy, buenas señor dentista, he observado a sus pacientes, que con mucho dolor salían de su consulta, mas no he podido ocultar mi miedo pues yo, mi buen señor, soy consciente del grave aspecto que sufren mis encías.
-Doctor. Señor Lazarillo, he de comunicarle que soy un profesional, y que intentaré ocasionarle a usted el menor dolor posible, si es ese su miedo...
Lázaro sube al sillón de cirugía y abre la boca muy lentamente. El señor dentista se asombra y se asusta por lo que ven sus ojos.
-Doctor. ¡Dios bendito! ¿Qué infortunio ha debido de sufrir usted, pues, en los años que llevo ejerciendo mi profesión, no he encontrado ninguna cosa parecida?
-Lázaro. Muy consciente soy de ello, señor, y no me sorprende ver su asombro ante semejante situación. Déjeme contarle a usted la historia y entenderá, por fin, el motivo de que mis dientes no estén donde les corresponde.
-Doctor. ¡Sí, por favor, cuénteme sin demora, pues ninguna situación natural de la anatomía del ser humano podrá jamás ocasionar tal espectáculo!
-Lázaro. Muy a mi pesar, he de decirle que no fue mi culpa, en parte. Siendo yo un mozo y sirviente de un ciego, para poder llevarme algo de comer y de beber a la boca, tuve que servirme de mi ingenio para burlar a este cruel hombre, que no me alimentaba.
Estando un día sediento y viendo cómo aquel ciego bebía de un jarro repleto de vino y, tras varios días sediento, puesto que pensé que éste no se daría cuenta, robé del jarro unos tragos de vino. Me encantó este licor y, puesto que el ciego se dio cuenta de que en la jarra faltaba abundante líquido, éste, a partir de ahí, cogía el vino abrazándolo amorosa y pasionalmente. Entonces se me ocurrió hacer un agujero en el jarro y repretarlo con cera de manera que, cuando la cera se calentaba, yo bebía del jarro poniéndome entre las piernas del ciego. Éste no tardó en darse cuenta de la artimaña y un día, invitándome a colocarme entre sus piernas y, estando yo ya bebiendo del jarro, el ciego me estampó la jarra en la cara ocasionándome que mis dientes se quedasen sin encías y mis encías sin dientes. Tal fue la magnitud del batacazo que me hallé inconsciente por varias horas con la cara llena de sangre en el suelo. ¿Entiende usted, señor doctor, ahora el motivo de mi desgracia?
Doctor. Ahora me cuadra todo, mi pobre amigo. Huy, a mi pesar he de decirle que su caso no tiene solución. Levántese, buen hombre, y siga con sus quehaceres puesto que su caso no tiene solución alguna. En mi vida había visto algo parecido. Muchas gracias por su visita, pero no puedo ayudarle.
Lázaro. Con Dios, señor doctor, muchas gracias a usted y disculpe las molestias.
Autora: Encarni López Sánchez. 2º Bachillerato. Curso 2011-12
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