sábado, 23 de mayo de 2020

FRANCISCO GUIRAO MARTÍNEZ

Sí, yo conocí a Lázaro. Fue una noche fría de hace unos cuantos años. Llamó a mi puerta y, cuando abrí, la sorpresa que me llevé fue la estampa de un muchacho con la cara llena de sangre y con trozos de una jarra incrustados en el rostro, por no hablar de sus dientes, si se puede llamar así a lo que quedaba de ellos.

Me pidió ayuda y yo tardé unos segundos en reaccionar, pero de inmediato lo metí en mi humilde morada y, con ayuda de mi mujer -que por suerte para el muchacho se encargaba de curar a todos los heridos del barrio que no podían permitirse ir a un buen médico- conseguimos reconstruir aquel desfigurado rostro, quitándole los trozos incrustados y dándole puntos, otra de las cosas que mi maravillosa mujer sabe hacer muy bien. Tras esto, le limpiamos bien la cara y la boca, y lo dejamos descansar. Él, sin rechistar en toda la noche mientras lo atendíamos, se mostró muy agradecido y, aunque con mucho dolor, se durmió al poco tiempo.

Los días fueron pasando y nosotros nos dedicamos en cuerpo y alma a aquel niño que tratábamos como si de nuestro hijo se tratara. Le hicimos las mejores comidas, le cambiamos el vendaje con su correspondiente limpieza de cara, día a día, y le dimos hogar durante tres semanas hasta que estuvo totalmente recuperado, aunque con cicatrices.

Y llegó el día de su marcha, decisión de él, muy a su pesar, para no causar más molestias y gastos, ya que nosotros no teníamos una gran riqueza y además porque tenía un objetivo.

Siempre durante estos largos días había sido un chico muy callado y no expresaba mucho, por no decir nada, sus sentimientos, pero ese día se echó a llorar y nos abrazó a los dos con un cariño nunca visto en él, así estuvo durante unos minutos hasta que se limpió las lágrimas, nos dijo que tomáramos asiento y comenzó a contarnos la historia de cómo se hizo las heridas de la cara, lo cual nunca le habíamos preguntado por no hacerle recordar los malos momentos que pasó aquella noche.

Empezó contando que él era esclavo de un hombre muy adinerado pero que, a pesar del dinero, a Lázaro no le daba apenas ni para comer. Además nos contó que aquel hombre se dedicaba a secuestrar niños y pedir a sus padres oro a cambio de sus hijos.

Decía que él se quedó como criado porque sus padres no pudieron pagar el oro que les pedía ese mal hombre, y por ello lo retuvo hasta aquella terrible noche en la que él vio con sus propios ojos cómo mató a un niño sin piernas al no servirle para nada ya que los padres no pudieron o no quisieron pagarle al ogro, así apodó Lázaro en ese momento de la historia a aquel asesino.

Entonces decidió huir y buscar a sus verdaderos padres, plan que tenía ya pensado hacía ya varios meses, pero el hombre lo pilló saliendo por la puerta cuando estaba con pie y medio fuera; y fue en ese momento cuando lo golpeó con la jarra para matarlo, pero no fue así y, en un momento de descuido del ogro, Lázaro pudo salir corriendo hasta llegar a nuestro hogar.

Después de contarnos esto, y con las lágrimas en los ojos de mi mujer y mías, se fue en busca de sus padres y, hasta el día de hoy, no sabemos nada de él, pero siempre lo mantendremos en nuestro corazón.

En este testimonio dejo en el anonimato nuestros nombres por el hecho de que, si este texto lo lee alguna vez el ogro, no pueda reconocernos, y así evitar que venga a por nosotros; pero, si alguna vez lo lees tú, Lázaro, quiero que sepas que aquí tienes una familia esperándote.

Autor: Francisco Guirao Martínez. 1º Bachillerato. Curso 2013-2014.

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