y vio el camino
por el que salía el líquido,
pero el muy pillo se lo calló
como si tal cosa hubiera visto.
Yo, que nada sabía,
estaba un día acostado,
como de costumbre,
bebiéndome el vino
al lado de la lumbre.
Entonces el ciego pensó
que era el momento
de la venganza
y me estampó el jarro
en la cabeza
sin un minuto de tardanza.
Yo, que tan agusto
estaba allí tumbado,
sentí tal cachiporrazo
que creí que moriría
y que no contaría
el ya mentado jarrazo.
Por deciros cómo fue,
os diré que me quedé
sin sentido, y el jarro
se rompió en diversos trocitos
que me rompieron la cara
y los dientes,
y estos últimos
se fueron para siempre.
Autora: María Jesús Sánchez Mellinas. 2º B.U.P. Curso 1988-89
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