En un lugar de Castilla, de cuyo nombre no quiero acordarme, vivíamos Lázaro y yo junto a un pobre ciego que prometió a nuestras madres que nada nos faltaría, ¡y vaya que si nos falta! Yo, mudo de naturaleza, de nada puedo quejarme, pero gracias al Cielo que mi compañero de profesión, -si se le puede llamar a esto profesión, claro- Lázaro, se queja por la falta de nuestros enseres. Pero de nada sirve, pues.
El ciego solía comprar vino para las noches, pero a nosotros ni trago nos dejaba dar. Mientras que traía la comida, Lázaro y yo aprovechábamos para dar algún que otro trago a su jarra. Pero el avaro ciego tenía una precisión milimétrica del vino que le quedaba restante; siempre nos golpeaba la cara para que, según él "aprendiéramos la lección", además yo me llevaba la peor parte, pues no podía mediar palabra mientras me redoblaba la cara aquel maldito invidente.
De ahí en adelante, el traidor y astuto ciego se colocaba la jarra entre las piernas para que Lázaro y yo no pudiésemos probar trago. Después de horas pensando Lázaro y yo en cómo podíamos ingeniárnoslas para beber de su jarra, no se nos ocurrió otra humilde cosa que unas pequeñas pajuelas de centeno para intentar aprovechar aquellos momentos en que el ciego no cubría con las manos la parte superior del jarro. Pero poco tardó éste en darse cuenta de que algo le faltaba, pues ya sólo dejaba libre la parte superior de la jarra para beber él.
Lázaro y yo, como estábamos hechos al vino, moríamos por él; hicimos en el suelo del jarro una pequeña fuentecilla y agujero sutil que tapamos con cera para que, cuando ésta cediera por el calor, bebiéramos de ese pequeño agujerito. Nos acurrucamos después de comer bajo el triste ciego y, cuando la cera se derretía por completo, bebíamos hasta dejar a buenas noches el jarro. El viejo maldecía al diablo porque no se imaginaba qué podía estar pasando para que desapareciera. No se imaginaba que fuera por nuestra culpa pero tantas vueltas y tientos dio al jarro que halló la fuente y cayó en la burla pero lo disimuló de una manera precisa para que Lázaro y yo no nos diésemos cuenta... Eso sí, días después golpeó con tal fuerza el jarro sobre la boca de Lázaro que hasta yo llegué a pensar que lo que quería conseguir el ciego era que Lázaro se quedase mudo al igual que yo... El ciego nos intentaba ilustrar por esta situación pero de una forma burlesca que ni a Lázaro ni a mí nos resultaban de buen gusto.
Autor: Antonio Álvarez Beiro. 1º Bachillerato. Curso 2014-15
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