Una tarde Lázaro y su nieta estaban tomando el fresco en una noche de verano. Su nieta, jugando con el abuelo, le hacía sonreír a él, y éste, al sonreír, dejó entrever la falta de unos dientes en su boca. La nieta, al ver a su abuelo sin los dientes, le preguntó:
-Abuelo, ¿que te pasa en la boca que te faltan unos dientes?, ¿es que tú también los estás cambiando como yo?
-No, hija, no -contestó el abuelo. Esto fue de pequeño. Es una larga historia... Mi abuelo acostumbraba a poner cerca de mí una jarra de cerveza cuando comíamos, de la que él bebía, y yo, cansado de beber leche o agua, cuando él se descuidaba, le daba pequeños sorbos. Yo creía que él no se daba cuenta, pero sí me veía. Fue pasando el tiempo y cada vez yo lo hacía más a menudo hasta que un día mi abuelo, cansado de la situación y viendo que yo estaba cogiendo una mala costumbre, en un momento en que yo aproveché para dar un sorbo a la jarra, me dio con ella en la boca fuertemente rompiéndome dos dientes.
Yo no grité ni lloré pues sabía que lo que estaba haciendo estaba mal y mi abuelo tan sólo me dijo:
-La cerveza, Lázaro, no es para los niños. Tenías que haberme preguntado "abuelito, ¿me das un sorbo?" Y yo te hubiera respondido, pero no, no me has preguntado y has estado bebiendo largo tiempo, con lo cual he tenido que darte un castigo para que recuerdes que no lo estabas haciendo bien. Perdona porque siempre esto lo vas a recordar al sonreír.
Después de terminar de contarle la historia, Lázaro le dice a su nieta:
-Si tú no quieres tampoco perder tus dientes, no hagas nada de lo que te puedas arrepentir.
Autora: María Torrecilla Jiménez. 1º Bachillerato. Curso 2014-15.
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