miércoles, 27 de mayo de 2020

MARÍA RODRÍGUEZ GÓMEZ

Querida amada mía:

Desde hace años atrás ansiaba este momento. ¡Qué bonitos los días que paso a tu lado y qué amargos los que recuerdo...!

Tantos giros dio la vida desde aquellos agrios días, tanto aprendí sobre la vida...

Tanto me aportó el ciego como me arrebató, muestra de eso es mi sonrisa.

Te preguntarás el porqué de la tardía carta, mas solo me aporta sofoco y rubor este episodio de la puericia de mi vida.

Aquel desabrido día me senté bajo el jarro de vino que el ciego sostenía como solía. Sin sospechar el daño que de aquella acción se originaría, tomé aquellos azucarados tragos mirando hacia el cielo con los ojos totalmente entornados para saborear mejor aquel licor.

El ciego, percatado de lo que yo hacía, pensó que ése era el momento de que pagara mi descaro.

¡Qué penoso recuerdo y qué dura la vida! De tener que olvidar a mi familia a perderme en mi inexperta valentía...

Valentía que hizo que el ciego, con toda la fuerza que podía, dejara caer aquel pesado jarro sobre mis fauces, lo que hizo que el pobre y descuidado Lázaro, que de esto no se guardaba, viera caer el cielo sobre su fachada.

Fue tal el golpe que me dejó desvanecido y el jarrazo tan grande que los trozos de él clavados quedaron por toda mi cara, destrozando parte de ella. Asimismo me rompió los dientes, que perdí y nunca volví a reponer.

Y ahora que he tropezado con alguien como tú, una bella y dulce dama que se asentó a mi lado sin las marcas de mi rostro ni mis dientes ver, deseaba relatar uno de los muchos momentos que me hicieron crecer.

¡Nadie más la quiere a usted que este prudente y arrepentido hombre!

Lázaro.

Autora: María Rodríguez Gómez. 1º Bachillerato. Curso 2014-15.

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