martes, 19 de mayo de 2020

MARÍA CAMPOS MARTÍNEZ

Tantas vueltas y tientos dio a la vasija a manera de jarra con una sola asa, que encontró el manantial de vino que brotaba de la vasija y cayó en el engaño, aun con todo supo callarlo como si nada supiese. 
Al día siguiente cuando yo estaba chupando el vino por el agujero del recipiente como de atrás venía haciéndolo, no pensaba yo el mal que me venía encima ni que el diablo ciego supiera lo que hacía, apoyéme en el suelo como lo venía haciendo, estando bebiendo aquel vino con mi cara levantada hacia el infinito, los ojos entreabiertos para saborear mejor aquel delicioso vino. Pensó, el Diablo ciego, que era el momento justo para darme una lección y con todo su poderío, levantando en las manos aquella deliciosa y dulce seca vasija, la dejó caer sobre la cavidad o apertura en la parte anterior de mi cabeza ayudándose de todo su poderío, de manera que el desafortunado Lázaro, que no sabía nada de lo que le iba a suceder ya que antes sólo se ponía a gozar de ese delicioso vino, ciertamente que creyó que el infinito con todos sus componentes se le había venido encima.
Fue de tal inmensidad el tortazo que me quedé sin sentido y el vasijazo tan grande que los trozos me destrozaron la cara y también me rompió los dientes sin los cuales hasta hoy en día me quedé.

Autora: María Campos Martínez. 2º B.U.P. Curso 1988-89

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