sábado, 16 de mayo de 2020

MARÍA AMPARO RIVERO MARTÍNEZ

Amanecí espléndido, radiante, ni el frío de aquella mañana impidió que mis primeros rayos penetraran juguetones por las ventanas de los caseríos. Estaba alegre, contento, había pasado la noche y tenía gran trabajo por realizar.

Aquella mañana, como tantas otras, desperté al gallo y toqué las campanas para maitines.

Hice mi recorrido por calles y callejones, por plazas y fuentes, por riachuelos y veredas, me encantaba jugar con el agua y que apareciera un arco de siete colores. Seguí mi camino como solía, hasta que una pequeña hoguera intentaba competir con uno de mis rayos. La rodeaba un niño y un anciano, me pareció que a éste la noche tapaba sus ojos y le impedía contemplarme.

No tardé en darme cuenta que aquel anciano tramaba algo, ya que no dejaba aquella sonrisa astuta y menos aún de tantear un viejo y manoseado jarro. Mientras el niño, joven como gotas de rocío, se aposentó entre las piernas del anciano.

Uno de mis rayos, inquieto como era, se acercó más y más y más..., y pude ver cómo la nariz y las mejillas de aquel pícaro se teñían coloradas. No sé si fue por culpa mía, pero debió ayudarme aquel líquido rojo igual a uno de mis rayos.

Todo sucedía tranquilamente y ya empezaba a aburrirme en aquel lugar -todavía debía avisar al panadero para que finalizase su trabajo-.

Entonces en un arrebato de ira, no por parte mía, sino del que no podía verme, cogió aquel jarro con sus dos pálidas manos y lo lanzó contra la cara del joven. El grito de éste y las risas del otro me impidieron oír bien, pero creo que a uno de ellos la noche lo envolvió por completo. Yo intenté volverle al día y pude observar que el jarro lo tenía por toda la tez y dentro de su boca le habían robado algo.

Es difícil describir el ambiente que reinaba en aquel momento, por eso les regalé el rayo más rojo que tenía y me alejé despidiéndome hasta mañana.

Autora: María Amparo Rivero Martínez. 3º de E.S.O. Curso 1995-96

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