Amanecí espléndido, radiante, ni el frío de aquella mañana impidió que mis primeros rayos penetraran juguetones por las ventanas de los caseríos. Estaba alegre, contento, había pasado la noche y tenía gran trabajo por realizar.
Aquella mañana, como tantas otras, desperté al gallo y toqué las campanas para maitines.
Hice mi recorrido por calles y callejones, por plazas y fuentes, por riachuelos y veredas, me encantaba jugar con el agua y que apareciera un arco de siete colores. Seguí mi camino como solía, hasta que una pequeña hoguera intentaba competir con uno de mis rayos. La rodeaba un niño y un anciano, me pareció que a éste la noche tapaba sus ojos y le impedía contemplarme.
No tardé en darme cuenta que aquel anciano tramaba algo, ya que no dejaba aquella sonrisa astuta y menos aún de tantear un viejo y manoseado jarro. Mientras el niño, joven como gotas de rocío, se aposentó entre las piernas del anciano.
Uno de mis rayos, inquieto como era, se acercó más y más y más..., y pude ver cómo la nariz y las mejillas de aquel pícaro se teñían coloradas. No sé si fue por culpa mía, pero debió ayudarme aquel líquido rojo igual a uno de mis rayos.
Todo sucedía tranquilamente y ya empezaba a aburrirme en aquel lugar -todavía debía avisar al panadero para que finalizase su trabajo-.
Entonces en un arrebato de ira, no por parte mía, sino del que no podía verme, cogió aquel jarro con sus dos pálidas manos y lo lanzó contra la cara del joven. El grito de éste y las risas del otro me impidieron oír bien, pero creo que a uno de ellos la noche lo envolvió por completo. Yo intenté volverle al día y pude observar que el jarro lo tenía por toda la tez y dentro de su boca le habían robado algo.
Es difícil describir el ambiente que reinaba en aquel momento, por eso les regalé el rayo más rojo que tenía y me alejé despidiéndome hasta mañana.
Autora: María Amparo Rivero Martínez. 3º de E.S.O. Curso 1995-96
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