LÁZARO Y EL CIEGO
CIEGO AGREDE A UN JOVEN QUE VIVÍA EN SU CASA,
POR CULPA DE UN JARRO DE VINO
POR CULPA DE UN JARRO DE VINO
- ¿Qué solía hacer usted?
- Como el ciego solía poner junto a él un jarro de vino mientras comíamos, yo rápidamente le daba un par de tragos. Pero aquello duró muy poco.
- ¿Por qué dice que duró poco?
- Porque se dio cuenta de que faltaba vino y ya nunca soltaba el jarro.
- ¿Y qué hizo al respecto?
- Utilicé una paja larga de centeno que metía en la boca del jarro y así podía chupar el vino, sin hacer ruido para que no se enterase.
- Y aquella táctica, ¿cuánto tiempo resultó efectiva?
- Algún tiempo, pero el ciego notaba que le faltaba vino y, a raíz de eso, se colocaba el jarro entre las piernas y lo tapaba con la mano.
- ¿Desistió ahí de su deseo de beber vino?
- No, tras el último intento fallido, lo que hice fue hacerle un agujero en la parte de abajo del jarro y lo tapaba con cera. Entonces fingía tener frío para acercarme a la lumbre; la cera se derretía; y yo me sentaba entre sus piernas mientras saboreaba dicho manjar. Pero el ciego al final también acabó dándose cuenta.
- ¿Y qué le dijo?
- Nada, se calló. Pero al día siguiente, mientras yo bebía otra vez del jarro sin yo saber que el ciego sabía nada, en un momento dejó caer el jarro con sus dos manos en mi cara. Perdí el conocimiento, y los trozos del jarro se me incrustaron en la cara, y perdí todos los dientes, sin los cuales hasta hoy día me quedé.
- ¿Y qué pasó al final?
- Me lavó con vino las heridas y dijo una frase que jamás olvidaré: "¿Qué te parece, Lázaro, lo que te enfermó te cura y da salud?"
Autora: María José Guillén. 1º Bachillerato. Curso 2014-15.
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