viernes, 29 de mayo de 2020

MARTA MERLOS MARTÍNEZ

No puedo más, mis piernas no responden y en cada paso que doy siento que me voy a desvanecer en la arena. Echo la vista atrás y veo el avión en llamas, mientras que sus pasajeros consiguen salir victoriosos de él. Cada segundo que pasa lamento haber escogido ese vuelo en dirección a Sidney, pero quién diría que yo y toda esa gente nos encontraríamos en una isla desierta al margen de la sociedad. Me dispongo a seguir caminando sobre la orilla del mar, sin intención alguna de ayudar a los heridos, pues debo planificar cómo salir de aquí.

El mar es algo que me fascina desde niño, he crecido en casa de marineros y su sonido me resulta más que familiar. Tomo asiento en la arena, sin importarme que pueda mancharme la ropa y comienzo a planear un proyecto para escapar. Alzo la mirada hacia el horizonte, y percibo un objeto siendo empujado por las olas. Cada vez se acerca más a mí, hasta que soy capaz de reconocer ese cuerpo e intento cogerlo. Se trata de una botella de cristal, pero lo más curioso es que guarda un misterioso papel en su interior. Retiro el tapón y desenrollo el papel, que para mi suerte se encuentra en perfecto estado. No puedo resistirme a leerlo, fijo mi vista en las primeras palabras y comienzo a leer:

5 de enero de 1554
Debo agradecerle a Dios poder estar rubricando mi día, pues casi no lo cuento.
Mi estrategia para usurpar vino a mi amo no ha salido como esperaba, esta vez me ha atrapado y he de confesar que he pasado más que pavor.
Tal y como siempre hacía, me acomodé bajo las rodillas del ciego con la intención de beber ese fantástico y apetecible líquido. Pero tantos fueron los intentos que se acabó percatando de lo que estaba ocurriendo, pero no medió ni una sola palabra. Se tomó su tiempo para maquinar una buena venganza, y en el momento más inesperado, me arrojó el cántaro del que estábamos bebiendo a la cabeza. Me quedé en el sitio, puesto que no podía mover ni un sólo músculo debido al fuerte golpe que mi amo me había propinado. Mi cabeza había sufrido grandes daños, múltiples fragmentos de aquel cántaro se habían incrustado en mi cara, e incluso en mis dientes, provocando su fragmentación y su caída permanente.
Estoy fascinado de poder relatar mi experiencia con el más mínimo detalle, aún me duele la cabeza y lo único que puedo hacer ahora es dormir.

Leo el fragmento repetidos veces, todavía sin asimilar lo que acabo de analizar. ¿Es posible que tenga un pedazo de "El Lazarillo" en mis propias manos? Recuerdo ese libro, tantas veces lo he leído en mis vivencias en la universidad que hasta lo puedo recitar de memoria si la situación lo requiriera. Si no fuera porque estoy en un lugar despoblado, sería el hombre más feliz del mundo.

Escucho un ruido lejano, pero cada vez más y más cercano hasta que es posible identificarlo. Se trata de un motor de avión, estoy salvado. El humo del aeroplano recién estrellado ha sido la señal para nuestro favorable rescate. Tal vez ha sido el destino el responsable de que el avión se precipitara con el deseo de poder encontrar aquel fragmento, pero lo único que sé es que tengo en mi posesión un elemento irreemplazable de la literatura española.

Autora: Marta Merlos Martínez. 1º Bachillerato. Curso 2014-15.

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